Lecturas de Epifanio Teusa

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Llamo discurso de poder a todo discurso que engendra la falta, y por ende la culpabilidad del que lo recibe. Algunos esperan de nosotros, intelectuales, que actuemos en toda ocasión contra el Poder; pero nuestra verdadera guerra está en otra parte, está contra  los poderes; no se trata de un combate fácil porque, plural en el espacio social, el poder es, simétricamente, perpetuo en el tiempo histórico: expulsado, extenuado aquí, reaparece  allá;  jamás  perece:  hecha  una  revolución  para  destruirlo,  prontamente  va  a revivir y a rebrotar en el nuevo estado de cosas. La razón de esta resistencia y de esta ubicuidad es que el poder es el parásito de un organismo transocial, ligado a la entera historia del hombre, y no solamente a su historia política, histórica. Aquel objeto en el que se inscribe el poder desde toda la eternidad humana es el lenguaje o, para ser más precisos, su expresión obligada: la lengua.

Roland Barthes

En: “El placer del texto” y Lección Inaugural de la cátedra de semiología literaria del College de France, Pg. 118, Siglo Veintiuno Editores, México, 1989.

También en las sopas, como en las salsas, puede dar libre curso a la inspiración y su instinto para cocinar. No es necesario ceñirse a las instrucciones, en este caso las recetas son apenas un punto de partida, una ventana a la inspiración. Para quien posea ese raro talento, rayano en la genialidad, para hacer una excelente sopa, no hay dos que resulten iguales. Cada creación es única, aunque suele haber aproximaciones. La receta en este caso es como la partitura para el músico: cada quien la interpreta según su propio espíritu y habilidad. Al destapar la cacerola y hundir el cucharón en aquel brebaje, debe haber una sola constante: la deliciosa sorpresa de probar algo siempre novedoso. El proceso de hacer una buena sopa pasa por las mismas etapas de hacer bien el amor, en ambos casos se trata de sumergirse en el placer sensual de mezclar, oler, probar, lamer, agregar, abstenerse, dudar, ponerle más… Estas recetas de Panchita me han acompañado desde que me casé –hace como dos mil años–, pero no les tengo demasiado respeto y espero que tampoco usted. La filosofía de la cocina es como la del juego: si no divierte, olvídelo. No se trata de alcanzar la perfección, sino de reírse por el camino.

Isabel Allende

En: “Afrodita. Cuentos, recetas y otros afrodisiacos”, Pg. 244, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1998.

La pregunta que hoy debemos hacernos es si la “cuasi-autonomía” de la esfera cultural (su existencia utópica o fantasmal) ha sido o no destruida precisamente por la lógica del capitalismo avanzado. Pero defender la idea de que la cultura ya no está dotada de la autonomía relativa de la que, como otras muchas instancias, disfrutó en fases más tempranas del capitalismo (dejando aparte las sociedades precapitalistas), no significa necesariamente defender la idea de su extinción o desaparición. Por el contrario, hemos de continuar manteniendo que hay que concebir la disolución de esa esfera cultural autónoma como explosiva: se trata de una prodigiosa expansión de la cultura en el dominio de lo social, hasta el punto de que no resulta exagerado decir que, en nuestra vida social, ya todo –desde los valores mercantiles y el poder estatal hasta los hábitos y las propias estructuras mentales– se ha convertido en cultura de un modo original y aún no teorizado. Puede que esta situación sea alarmante, pero, en cualquier caso, es bastante coherente con nuestro diagnóstico anterior referido a una sociedad de la imagen o del simulacro y de la transformación de lo “real” en una colección de pseudoacontecimientos.

Frederic Jameson

En: “El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado”, Pg. 106, Ediciones Paidós, Barcelona, 1991.

Aquí es donde se equivocan los cortesanos de la Actualidad. No saben que las situaciones que la Historia pone en escena permanecen iluminadas durante los primeros minutos. Ningún acontecimiento es actual en toda su duración, sino tan solo durante un periodo de tiempo muy breve, muy al principio. Los niños moribundos de Somalia a quienes miraban ávidamente millones de espectadores ¿acaso ya no mueren? ¿Qué se ha hecho de ellos? ¿Han engordado o adelgazado? ¿Existe todavía Somalia? Y, de hecho, ¿existió alguna vez? ¿No será el nombre de un espejismo?

La manera como se cuenta la Historia contemporánea se asemeja a un gran concierto en el que se presentaran seguidos los ciento treinta y ocho opus de Beethoven, pero tocando tan solo los ocho primeros tiempos de cada uno de ellos. Si volviera a hacerse el mismo concierto diez años después, solo se tocaría, de cada pieza, la primera nota, siendo, pues, ciento treinta y ocho notas durante todo el concierto, presentadas como una única melodía. Y, veinte años después, toda la música de Beethoven quedaría resumida en una única larguísima nota aguda que se asemejaría a la que oyó, infinita y muy alta, el primer día de su sordera.

Milan Kundera

En: “La lentitud”, pg. 102, Tusquets Editores, Barcelona, 1999.

 

Un día –ya había transcurrido un mes desde la metamorfosis, así que no tenía por qué sorprenderse del aspecto de Gregorio– su hermana entró algo más temprano que de costumbre y se lo encontró mirando inmóvil por la ventana. No le hubiera extrañado a Gregorio que su hermana no entrase, pues tal como estaba le impedía abrir la ventana. Pero no solo no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta rápidamente: quien la hubiera visto reaccionar de esa forma hubiera creído que Gregorio se disponía atacarla. Gregorio se metió inmediatamente debajo del sofá; pero hasta el mediodía no volvió su hermana, más intranquila que de costumbre. Este incidente le hizo comprender que su vista seguía resultándole insoportable a la hermana, que solo gracias a un gran esfuerzo de voluntad evitaba echar a correr al divisar la pequeña parte del cuerpo que sobresalía por debajo del sofá. Con objeto de ahorrarle por completo su visión, llevó un día sobre su espalda –trabajo para el cual precisó cuatro horas– una sábana hasta el sofá, y la puso de modo que le tapara por completo y que su hermana no pudiese verle por mucho que se agachase.

Franz Kafka

En “La Metamorfosis”, pg. 39, Editora Super Nova SA – La Prensa, Bogotá, 1988.

 Dime, capitán ¿cómo explican en esos libros que has estudiado lo que le sucede a la luna cuando desaparece y la cambian por otra nueva?

–¿Eso crees? ¿Preguntas qué se hace de ella? Está allí, pero no podemos verla.

Shukhov meneó la cabeza y rió.

–Si no puedes verla, ¿cómo sabes que está allí?

–¡Mira que eres ignorante! ¿De modo que pensabas que teníamos cada mes una luna recién hecha?

–¿Por qué no? Si cada día nace gente, ¿por qué no ha de nacer una luna cada mes?

–¡Qué atrocidad! Nunca encontré a un marinero tan tonto. ¿Adónde crees que va la vieja?

–Precisamente eso era lo que te preguntaba– respondió Shukhov, mostrando el hueco de la dentadura.

–Dime tú lo que pensabas sobre esto.

–Pues, mira. He oído decir a algunos viejos que Dios la hace pedazos y cada uno de ellos es una estrella.

–¡Qué ignorancia! –exclamó el capitán.

Rió un poco y continuó:–Nunca hasta ahora había oído esto. Entonces, ¿crees en Dios Shukhov?

–¿Por qué no? –respondió Shukhov–. Cuando nos envía truenos desde el cielo, ¿cómo no creer en Él?

–¿Y por qué hace Dios eso?

–¿El qué?

–Romper la luna para hacer estrellas.

–¿No lo sabes? Las estrellas caen y hay que poner otras en su lugar.

Alexander Solzhenitsyn

En “Un día en la vida de Iván Denisovich” pg. 171, Editorial Herder, Barcelona, 1963.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

Pues lo que conforma nuestra vida y nuestro ser no es meramente el contenido de nuestra conciencia, sino, en un grado muchísimo mayor, el de nuestro inconsciente. Entre la región de la conciencia y la del inconsciente hay como un cedazo, y arriba, en la conciencia, quedan únicamente las cosas más gordas; la arena para fregar el mortero de la vida, ésta cae en las profundidades del Ello; arriba quedan solo las granzas, mientras que abajo se recoge el trigo con el que se amasa el pan de la vida allí mismo, en el inconsciente.

Georg Groddeck

En: “El libro del Ello. Cartas psicoanalíticas a una amiga”, Pg. 125, Taurus, Barcelona, 1981.

 

Hay una edad en que se enseña lo que se sabe; pero inmediatamente viene otra en la que se enseña lo que no se sabe: eso se llama investigar. Quizás ahora arriba la edad de otra experiencia: la de desaprender, de dejar trabajar a la recomposición imprevisible que el olvido impone a la sedimentación de los saberes, de las culturas, de las creencias que uno ha atravesado. Esta experiencia creo que tiene un nombre ilustre y pasado de moda, que osaré tomar aquí sin complejos, en la encrucijada misma de su etimología: Sapientia: ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor.

Roland Barthes

En: “El placer del texto” y Lección Inaugural de la cátedra de semiología literaria del College de France, Pg. 150, Siglo Veintiuno Editores, México, 1989.

 

Los vertederos eran el emblema más concreto de todo ciclo económico. Amontonan todo lo que ha sido, son la verdadera estela del consumo, algo más que la huella que todo producto deja en la corteza terrestre. El sur de Italia es la terminal de todos los residuos tóxicos, los restos inútiles, la escoria de la producción. Si los desechos que escapan al control oficial –según estimaciones de la asociación Legambiente– se unieran en un solo montón, su conjunto formaría una cordillera de catorce millones de toneladas: prácticamente como una montaña de 14.600 metros de altura con una base de tres hectáreas. Piénsese que el Mont Blanc tiene 4.810 metros y el Everest, 8.844, de modo que esa montaña de residuos que han escapado a los registros oficiales sería la mayor existente de toda la tierra. Es así como he imaginado el ADN de la economía, sus operaciones comerciales, las restas y sumas de los asesores fiscales, los dividendos de los beneficios: en la forma de esta enorme montaña.  Una enorme cordillera que –como si se la hubiera hecho explotar– se ha dispersado por la mayor parte del sur de Italia, en las cuatro regiones con mayor número de delitos ecológicos: la Campania, Sicilia, Calabria y Apulia. La misma lista que surge cuando se habla de los territorios con las mayores organizaciones criminales, con la mayor tasa de paro y con la participación más alta en las convocatorias de voluntarios para el ejército y las fuerzas de policía.

Roberto Saviano

En “Gomorra. Un viaje al imperio económico y al sueño de poder de la Camorra”, pg. 304, Random House Mondadori, Barcelona, 2007.

 

… mirándonos bailar un pasodoble junto a la tumba de Miralles igual que una noche de muchos años atrás había visto a Miralles y a Luz bailar otro pasodoble bajo la marquesina de una rulot en el camping Estrella de Mar, viéndolo y preguntándose tal vez si aquel pasodoble y éste eran en realidad el mismo, preguntándoselo sin esperar respuesta, porque sabía de antemano que la única respuesta es que no había respuesta, la única respuesta era una especie de secreta e insondable alegría, algo que linda con la crueldad y se resiste a la razón pero tampoco es instinto, algo que vive en ella con la misma ciega obstinación con que la sangre persiste en sus conductos y la tierra en su órbita inamovible y todos los seres en su terca condición de seres, algo que elude a las palabras como el agua del arroyo elude a la piedra, porque las palabras solo están hechas para decirse a sí mismas, para decir lo decible, es decir, todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o concierne o somos o son esa monja y ese periodista que era yo bailando junto a la tumba de Miralles como si en ese baile absurdo les fuera la vida o como quien pide ayuda para él y para su familia en un tiempo de oscuridad.

Javier Cercas

En “Soldados de Salamina”, pg. 207, Tusquets Editores, Barcelona, 2001.

Por ser capaces de ver a las otras especies tal como ellas mismas se ven –como humanos–, los chamanes amazónicos desempeñan el papel de diplomáticos cosmopolíticos en una arena en la que se enfrentan los diversos intereses socionaturales. En este sentido, la función del chamán no es esencialmente diferente de la función del guerrero. Los dos son conmutadores o conductores de perspectivas; el primero opera en la zona interespecífica, el segundo en la zona interhumana o intersocial. Esas zonas se superponen intensivamente, más que disponerse extensivamente en relación de adyacencia horizontal o de englobamiento vertical. El chamanismo amazónico, como se ha observado a menudo, es la prolongación de la guerra por otros medios. Sin embargo eso no tiene nada que ver con la violencia en sí, sino con la comunicación, una comunicación transversal entre incomunicables, una peligrosa y delicada comparación entre perspectivas en la que la posición de humano está perpetuamente en disputa.

Eduardo Viveiros de Castro

En: “Metafísicas caníbales”, pg. 153, Katz Editores, Buenos Aires-Madrid, 2010.

 

–Me has dicho muchas veces –me dice Vera mi esposa- que te gustaría un día escribir una novela en la que no hubiera una sola palabra seria. Una Gran Tontería Por Puro Gusto. Me temo que ha llegado el momento. Solo quiero ponerte en guardia: ¡ve con cuidado!

Inclino la cabeza aún más.

–¿Recuerdas lo que te decía tu madre?

Oigo su voz como si fuera ayer: Milanku, deja de bromear. Nadie te entenderá. Ofenderás a todo el mundo y todo el mundo acabará por odiarte. ¿Te acuerdas?

–Sí –digo.

–Te aviso. La seriedad te protegía. La falta de seriedad te dejará desnudo ante los lobos. Y ya sabes que los lobos acechan.

Tras esta terrible profecía, ha vuelto a dormirse.

Milan Kundera

En: “La lentitud”, pg. 101, Tusquets Editores, Barcelona, 1999.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 


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