Principal | Yagé y EMC | Salud y Chamanismos | La gente vegetal | Eco-madre tierra | Cuido mi cuerpo | Rico y sano | Hartas Artes |
Culturas y Tendencias | Contactos

Revista
“Visión Chamánica”
Website: www.visionchamanica.com
Director / Editor
Ricardo Díaz Mayorga
c/e:
chamanic@visionchamanica.com
 neochamanic@gmail.com

Tel. Móvil: 310-785 9658
Tel. fijo en Bogotá, Colombia:
302 3044


 

Su opinión sobre este artículo

Nombre:

E-mail:

Su Comentario:

   

 

 


Acerca del autor:

Nacido en Pamplona (Colombia) en 1939. Graduado en Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y profesor en esa institución desde 1963 hasta 2004. Dedicado a temas de «Filosofía Antigua» (Origen de la Filosofía, Presocráticos, Platón...), «Mito», «Pensamiento Indígena» y «Arte rupestre amazónico». Treinta y dos trabajos de campo entre comunidades indígenas. Sobre algunos de estos temas ha publicado 6 libros y alrededor de 40 artículos. Su último libro es DÏÏJOMA - El  hombre• serpiente• águila- Mito uitoto de la Amazonia, publicado por el Convenio Andrés Bello. Como fotógrafo ha presentado 20 exposiciones individuales. Fue fundador y codirector del «Grupo de Estudios sobre Pensamiento Abyayalense (Amerindio)» y fundador y curador del concurso «La esquina del poema» (Universidad Nacional de Colombia - Casa de Poesía Silva).

fernandourbinarangel@hotmail.com




 

Inicio  >  Hartas Artes > Mítica Uitoto

Mítica Uitoto
Las mariposas amarillas y el banco de contar historias
Por Fernando Urbina Rangel
Con base en un relato de la Abuela Filomena Tejada de la Nación Uitoto
«Asociación Colombiana pro Enseñanza de la Ciencia –BUINAIMA–»
Bogotá, marzo de 2007

–¿De qué hablarán las mariposas cuando se reúnen?
–Cuentan historias del color, de la flor y del vuelo.



Mariposas amarillas. Raudal del quebradón Jidïma (río Caraparaná).
Foto de F. Urbina – 1979.

Homenaje a Gabriel García Márquez,
irreprensible [la expresión es de Homero]
contador de historias.

1

Un total de 6 ampliaciones fotográficas con el título «Mariposas Amarillas» sirvió para ambientar el salón de la Facultad de Ciencias Humanas (Universidad Nacional de Colombia) donde, en 1983, se desarrolló un seminario sobre Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, recién galardonado con el premio Nobel de Literatura. Me correspondió lo de siempre: hablar del mito… “El mito en la soledad de los cien años de una estirpe”. El mito es un buen ángulo de mira pues no sólo estructura dicha obra, sino que con el andar del tiempo ese prodigio literario se nos volvió arquetipo. Recuerdo que en mi charla reiteré que “verdad”, en griego, se dice alétheia, maravillosa palabra que recomienda el acto humano por excelencia: no olvidar. El sufijo a, igual que en castellano, equivale a no, en tanto que léthe significa olvido, de donde Detienne concluye que en la Grecia arcaica, cuando se acuñó la enaltecida palabra, la verdad no se oponía al error sino al olvido. Y ha sido el mito la vacuna más efectiva que fraguó el hombre, desde su primera y más remota noche, para conjurar la peor de las pestes, aquélla de la que habla García Márquez.

Una de las fotografías de la miniexposición –cuyo costo había sido financiado por la empresa Bavaria– fue seleccionada y firmada por los asistentes con destino al recién galardonado; prometí entregársela cuando la vida me deparara toparme con él casualmente. Fe y mis tres primeros hijos –Martha Liliana, Juan Diego y Luis Fernando– la han visto desde entonces en la sala de la casa del barrio Modelia, en Bogotá. Allí espera. En secreto, sin confesárselo ni siquiera a sí mismo, cada quien cultiva la esperanza de ser eterno.

Cabe decir algo sobre la técnica fotográfica empleada. Me encontraba en compañía de una banda de cazadores uitotos comandados por Juan de la Cruz Hichamón, en los alrededores de la primera raudalera del quebradón Jidïma (tributario del Caraparaná, afluente del Putumayo), en la Amazonia colombiana. Batimos esas selvas en una afortunada partida que se prolongó durante una semana. Un día, cuando me tomé el descanso para fotografiar sin afanes el raudal y su entorno, percibí que unas mariposas amarillas se iban posando en el punto de la ribera pétrea donde, poco antes, el inolvidable Juvenal Flaviano Castilla (muerto hace un año por una mina antipersonal sembrada por quienes cosechan la «muerte-sin-sentido») había estampado su firma mediante una copiosa meada. Como el tema era excelente pero el sitio no se prestaba para una buena fotografía, escogí un punto en que la luz me fuera favorable. Además de cazar con carabina, cazo con cámara; prefiero lo segundo porque eternizo al animal en su esplendor y, además, el reto es mayor: más instancias requieren más astucia. Seleccionado el lugar procedí a inundar la loza de piedra con el poder de la juventud, algo que luego fue un añorado recuerdo cuando la acumulación de experiencias aumentó la próstata y minimizó el volumen. Instalé el trípode, adosé y orienté la cámara dotada de un teleobjetivo de mediano poder, seleccioné los filtros, medí la luz y esperé inmóvil. Fueron llegando por docenas pincelando el aire de amarillo… el ruido del raudal se fue volviendo parte del gran silencio interior que me permitió concentrarme, escuchar y entender la charla de las mariposas cuando interrumpían el toqueteo minucioso con que sus ágiles trompas recorrían las porosidades de la piedra.

2

Los indígenas uitotos de la Amazonia colomboperuana poseen, en su vastísima y profunda tradición oral, un conjunto de relatos apropiados para niñas y niños. Con breves cuentos los adultos –sobre todo las abuelas– instruyen entreteniendo a la prole menuda cuando se encuentran en el huerto, en el bañadero o en la gran maloca, dedicadas a las tareas cotidianas. Así, van preparando la mente de la nueva generación para que cuando crezca asimile, de modo formal, los largos y complejos mitos y demás tradiciones orales; junto con los intrincados rituales constituyen la parte más preciada de su cultura. Desde luego, en las culturas arcaicas, de modo expreso, el cuerpo humano es la medida de todas las cosas; los simbolismos y metáforas fraguados sobre sus partes y operaciones –de preferencia las sexuales– son omnipresentes… ¿De qué otra manera se puede hablar con entera propiedad de la vida y de la muerte, del peligro y la abundancia? En esto hay un marcado contraste con la «cultura occidental oficial» que escamotea estos temas a los niños y niñas, catalogándolos como escabrosos y de mala educación; la omisión sistemática los hace inmanejables, pues no se da la posibilidad de orientar, por ejemplo, mostrando su sentido e implicaciones cósmicas. Hay editoriales en Colombia –país tan lleno de inquisiciones e inquisidores– en que los cuentos para niños han sido expurgados de ese tipo de referencias: ¡prohibido aludir a ciertas partes del cuerpo, el sexo y la muerte! Estrategia fallida del avestruz, aquél del cuento amañado: ¡bien fallida!, pues si esta espléndida corredora fuera así de estúpida, no habría podido sobrevivir como especie. ¿Sobrevivirá Colombia?

3

El relato que aquí transcribo se lo oí a la Abuela Filomena Tejada, anciana muy sabia de la nación uitoto, en el año 1979, en su casa cerca de El Encanto, en el río Uyukoe, Pluma-amarilla-de-tucán. Una versión mucho más extensa me había sido narrada en 1971 por José Octavio García –yerno de doña Filomena– en La Samaritana, cerca de Puerto Leguízamo (río Putumayo). La escucha tuvo lugar una mañana en que, con el objeto de aprender acerca de sus oficios cotidianos, la acompañé durante una jornada en una de sus impecables chagras –«el orgullo de la mujer»–, situada en las riberas del río. Palabras más, palabras menos, así dialogó con algunas de sus nietas y nietos:

–Abuela: ayer, cuando regresábamos remando de la otra chagra, vimos unas tortugas sobre un tronco en la orilla del río y las mariposas que revoloteaban encima se les paraban en las cabezas. ¿Por qué hacen eso, abuela?

–Yo no sé por qué hacen eso con las tortugas, pero sí sé la historia con el caimán; él tiene un banco en la cabeza y allí acostumbran posarse las mariposas.

–¡Cuéntalo, abuela!

–Pues se trata de Jirayauma, el cerbatanero, quien fue el gran maestro en fabricar y manejar la cerbatana, el arma de cacería que más usaban los hombres en estas selvas, antes de que el rïama hubiera traído la escopeta.

La historia cuenta que la formidable Mujer-Jaguar había matado y comido al imprudente y fanfarrón hermano menor del cerbatanero. El joven era tan hábil en la cacería que, lleno de soberbia, le dio por alardear de su destreza y mató inútilmente a muchos animales, desperdiciando su carne. Con ese mal precedente llegó a solicitar la mano de la hermosa y diligente hija de la Mujer-Jaguar, y en ello perdió la vida.

Como a tantos otros se le exigió pararse en el vano de la puerta de la maloca y girar su cuerpo para quedar mirando hacia afuera en el momento exacto de recibir la orden. La ogresa aprovechaba ese instante para voltearse también y dispararle un rayo, un potente pedo, que mataba a su víctima quien después era glotonamente devorada.

Gracias a la ayuda de la muy solicitada joven que se enamoró perdidamente de él, Jirayauma logró superar la difícil prueba que la vieja imponía a todos los pretendientes de su hija, y en la que, sin excepciones, habían resultado muertos. Y fue así como, en el momento de recibir la orden, Jirayauma saltó apartándose del umbral, con lo que el disparo pasó de largo; de inmediato volvió a ocupar su puesto, de tal manera que cuando su feroz oponente se volteó, ya estaba donde le había ordenado permanecer quieto. Sorprendida y admirada quedó la Mujer-Tigre con el poder de Jirayauma. A regañadientes tuvo que aceptarlo como yerno porque las Dueñas-de-animales siempre cumplen su palabra: de otra manera el mundo se desordenaría completamente.

Luego de casarse con la muchacha, el héroe se dedicó a rebuscar en la maloca algo que le diera pistas seguras acerca de la suerte que había corrido su hermano. Finalmente encontró su cabeza debajo de una gran olla. Además, tuvo oportunidad de espiar a la suegra y fue así como logró descubrir el punto débil de su espantoso poder.

Jirayauma tenía la obligación de alimentar a su suegra en pago por haberse enyuntado con la hija; pero esa tremenda mujer era insaciable. Nunca las presas que cobraba el habilidoso cerbatanero le eran suficientes para apaciguar su desaforado apetito, que sólo se calmaba durante un buen tiempo cuando consumía carne humana.

Un día, harta de no hartarse, salió a buscar comida como antes lo hacía. Era tal su desespero que no cayó en la cuenta de que su yerno le seguía el rastro. Rápidamente se dirigió al salado y, mientras Jirayauma se ocultaba entre unas ramazones, aplicó su infalible técnica de cacería: sentarse y abrir las piernas dejando que de su sexo manara una sustancia que impregnaba la tierra, haciendo un charco. Ese era su gran poder; por eso ella es una Dueña-de-animales, porque llegan allí a lamer ese barro salado y es con eso que más se potencian y prosperan. Pero al mismo tiempo que cuida a los animales alimentándolos, ella se vale de las bestias para mantener su propio poder.

Fue así como Jirayauma presenció su acto de caza: cuando una gran danta se acercó, la suegra le echó mano y ¡pas… tras…pas!... gastó tres bocados para despacharla. Igual suerte corrió un venado, sólo que no le alcanzó sino para dos bocados.

El cerbatanero, ya seguro de cómo podía vencerla y así vengar a su hermano, la siguió sigilosamente otro día en que le llevó menos presas que de costumbre, hasta el salado donde ella atalayaba a los animales con que trataba de distraer su hambre. Acechándola, aprovechó cuando estaba despernancada tragándose de un bocado una sarta de micos churucos. Le disparó dos dardos envenenados acertándole en el centro, en pleno sexo, allí donde residía su poder. Ahí mismito la formidable Mujer-Jaguar murió, no sin antes lanzar toda suerte de maldiciones.

En ese momento un nubarrón tapó el sol, sopló un viento huracanado y se oyeron repetidos truenos. Fue así como la mujer de Jirayauma se dio cuenta de que el marido había aniquilado a su madre. En su reemplazo, se transformó también en tigre y persiguió al hombre para tragárselo.

Ya convertida en la nueva Dueña-de-animales, dio orden a todos los que habitaban esa selva de atajar a Jirayauma; pero el hombre siempre encontraba animales que, por la promesa de un pago, lo ayudaban a escapar. Desde entonces, esos dones les sirvieron a los animales salvajes para ostentar en su cuerpo, o en su comportamiento, una característica especial. Es que los regalos de los seres poderosos no son pasajeros, se quedan para siempre, y le dan forma definitiva a quienes los reciben.

En pago de su ayuda, a Perdiz, la primera de su especie que existió en el mundo, le regaló el yerakï, coquillo en que los hombres guardan el tabaco sagrado. Ese coquillo sirve también como silbato; el sonido que produce al soplarlo quedó como canto de la perdiz.

El primer Caracol fue el que aparece en este cuento. A él le obsequió la espiral; esa figura les sirvió a la Madre y al Padre Primordiales para pensar y hacer la creación. Antes de esta aventura Caracol tenía su caparazón liso, y por eso no era verdaderamente un caracol; después de ayudar al fugitivo le quedó en la forma que hoy tiene, como él es.

A Culebra-cazadora le donó la cerbatana; ella se sintió muy orgullosa y desde entonces todos los de su especie la lucen a lo largo, estampada en sus lomos.

Hormiga-arriera se ganó el anzuelo, con el que formó sus poderosas tenazas.

Y así aconteció con muchos animales, hasta que el perseguido llegó a un gran río. Fue allí donde se presentó Naïma, el primer Caimán. Jirayauma acordó con él que si lo transportaba hasta la otra orilla le daría el banco en que se sentaba su padre –el Creador– a contar las historias del origen. Y así fue: le puso el banquito en la cabeza. Desde entonces los caimanes la tienen un poco pandeada, igual que un banco. Gracias a ese pago Jirayauma pudo escapar definitivamente de las garras de la Mujer-Jaguar, quien continuó cuidando estas selvas, nutriendo sus salados y protegiendo a los animales de los cazadores irresponsables que matan en exceso.

[Y aquí doña Filomena guardó silencio por unos momentos].

–Pero, ¿qué tiene que ver eso con las mariposas, abuela?– dijo una de sus nietas, y la anciana respondió:

–Estaba esperando que me lo preguntaran. Pues las mariposas se posan en la cabeza de los caimanes siempre en grupos, siempre son varias, porque se reúnen a contar historias sobre el banco-cabeza-de-caimán, igual que su abuelo Moisés se sienta en el coqueadero con los hombres, de noche, a narrar las historias de antigua.

El banquito es entre nosotros, los indígenas amazónicos, un utensilio sagrado. Desde allí se cuentan los largos y complejos mitos del origen de los ríos, los raudales, las selvas, los cerros, el sol, la luna, las estrellas, los animales y el hombre, y también la historia de nuestro pueblo y de sus principales tradiciones y costumbres. Son relatos llenos de enseñanzas; a medida que vayan creciendo los irán aprendiendo y aplicando. Saber y contar esas historias, y hacer obra sus palabras de consejo es lo que nos hace verdadera gente.

***

GLOSARIO

Banco. Los banquitos que se encuentran en las malocas indígenas son confeccionados en un solo bloque de madera. Su mínima altura obliga a quien los utiliza a tomar una posición que recuerda la que adopta el feto en el vientre materno. Esto le da un especial valor simbólico, pues sentarse así, cerca del sitio más sagrado de la maloca que representa a su vez el útero de la Madre Primordial, significa que «el que se sienta» para enseñar o aprender retorna metafóricamente al Vientre primordial. Esta referencia a la Gran Madre tiene muchas implicaciones. Se cree que fue desde el fondo oscuro de la Madre Primordial (la Tierra) de donde surgieron las primeras vibraciones y murmullos (arrullos) que dieron origen a las primeras palabras. Se ha de tener en cuenta que es la madre, en el momento de amamantar y consentir al hijo, quien le va enseñando a hablar. Ella, luego de darle la vida, también le regala el mundo mediante el lenguaje gestual y oral para que él lo recree, cumpliendo así el trabajo del hombre.

Cerbatana. O bodoquera. Con este delgado y largo tubo de madera se disparan pequeños pero mortíferos dardos envenenados.

Coqueadero, o mambeadero. Es el lugar más sagrado de las malocas, donde se prepara y consume en forma ritual la coca o mambe (no la cocaína pura o adulterada, que es el vicio de los “civilizados”). El uso en la forma indígena permite aprovechar todas las múltiples cualidades alimenticias de esta planta que sirve, además, de suave estimulante. Consumida a la manera aborigen tradicional no genera ninguna adicción ni consecuencia negativa para el organismo. Su uso en esa forma óptima de aprovechamiento debería extenderse a toda la humanidad. En las profundas y coherentes religiosidades indígenas la coca se considera, por sus evidentes bondades, un don de la divinidad, garantizada por no menos de 5000 años de uso continuado. Igual ocurre con el tabaco, que se come revuelto con sal vegetal, luego de un largo proceso de cocción.

Chagra. Gran huerto. Se tala una o dos hectáreas de selva por año y se despeja y abona el terreno quemando las ramazones, para luego sembrar muchísimas plantas. La técnica tradicional impone manejar como un conjunto armónico hasta más de 50 especies y variedades florales; las hay desde las empleadas para fabricar ciertos utensilios, hasta algunas de empleo estrictamente ritual, siendo la mayoría para uso alimentario. Es una selva ordenada a la manera del hombre. Luego de tres años de manejo continuo, el terreno se abandona para que la selva imponga de nuevo su orden natural.

Dueñas-de-animales. Son las personificaciones de la Fuerza Vital que se concreta y manifiesta en cada especie animal. Están encargadas de velar por los seres silvestres aunque, en ocasiones, se alimentan de ellos –igual que los dioses– para reponer la fuerza que gastan cuidando. También hay Dueñas y Dueños-de-árboles y de territorios. Estos seres míticos se oponen a la acción predadora del hombre para, equilibrando la acción excesiva de la especie humana, evitar el exterminio de los seres salvajes. Si éstos son aniquilados, el mundo se desequilibraría, sobrevendría el caos y todo el conjunto –los seres humanos y sus culturas, los seres silvestres y los propios Dueños― colapsaría.

Etología. Si bien la palabra no ha sido utilizada en el texto, la introduzco aquí para aclarar que se trata de la disciplina que se ocupa del comportamiento animal (por supuesto, también hay etología humana). Algunos naturalistas suelen arruinar cuentos como éste arguyendo razones de mucho peso y poco vuelo: las mariposas se posan en la cabeza de los caimanes, tortugas y boas, cuando éstos se asolean, para lamer lo que secreta la piel. Tales excrecencias tienen algo en común con lo que deposité estratégica y generosamente en el pedregal.

Maloca. Gran casa en que vive la familia extensa: los abuelos, los hijos varones y sus esposas, los hijos e hijas solteras y los niños. Su diseño arquitectónico representa la forma del universo y el proceso de construcción repite las etapas de la creación del mundo.

Rïama. Así denominan los uitotos al «hombre blanco». Significa caníbal, y esto porque los conquistadores de la región (europeos primero y mestizos después) capturaban indígenas para esclavizarlos, llevándolos muy lejos de allí; nunca retornaban. La gente suponía que los desplazaban para comérselos.

Salado. Sitios barrialosos en donde afloran sustancias minerales apetecidas por los animales salvajes; son lugares privilegiados para acecharlos, pero en las culturas indígenas resultan ser ámbitos muy peligrosos, numinosos, por manifestarse allí la Fuerza de la Vida con una especial potencia. Por eso mismo, su manejo está sujeto a reglamentaciones rituales. Cazar en los salados impone solicitar permiso especial a los seres míticos que son Dueños-de-territorios. En el mito de Jirayauma, la sustancia apetecida por las bestias brotaba del sexo de la Mujer-Jaguar, dando así origen al primer salado.

Tigre. Es el nombre más popular con que se conoce al jaguar o panthera onca, máximo predador terrestre de las selvas de Centro y Sur América. Encarna el poder y la fuerza de lo salvaje .

fernandourbinarangel@hotmail.com

 


Principal | Yagé y EMC | Salud y Chamanismos | La gente vegetal | Eco-madre tierra | Cuido mi cuerpo | Rico y sano | Hartas Artes | Culturas y Tendencias Contactos

Copyright 2002- 2015 © Visión Chamánica
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial del material textual y gráfico de esta página, así como su traducción a cualquier idioma, sin autorización escrita del editor.
Director-editor: Ricardo Díaz Mayorga chamanic@visionchamanica.com 
Teléfonos en Bogotá: 302 3044
Móvil:
310-785 9658
Bogotá, Colombia