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Qué bella historia, aunque siento la muerte del mariposo... Yo estuve en el Putumayo y desafortunadamente nunca salí lo suficientemente lejos como para quedarme una noche en la selva y quizá por lo menos escuchar el rugido de un imponente animal como el tigre mariposo... Un saludo con mucho cariño, desde Bogotá, la jungla de concreto.
Hernán Díaz
Septiembre 18 - 2009

 



 

Acerca del autor

Ricardo Ordóñez Díaz



Joven putumayense residente en Mocoa. Tiene formación como técnico forestal y desarrolla actividades como recreacionista y guía ecoturístico.
 



 

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Crónica Putumayense
El Aserrador, el Tigre Mariposo y los Cerrillos
Por: Ricardo Ordóñez Díaz*

Un aserrador se encontraba sumergido en la espesura de un bosque del Putumayo. Andaba explorando tierra virgen en busca de un árbol maduro de cedro o granadillo y solo se hacía acompañar de un machete, su escopeta y su fiambre que consistía en un porta con arroz, carne y plátano; unos limones y unos trozos de panela para preparar limonada dulce con agua de algún caño. De repente se encontró con un rastro grande y con pisadas frescas de algún animal silvestre.

Su ojo de cazador y su olfato de hombre de selva le sirvieron para detectar la presencia cercana de una manada de cerrillos, animal parecido al marrano y que suele andar en manadas que van desde los cinco hasta grupos de cincuenta individuos. Siendo tan clara la oportunidad de poder obtener buena presa de cacería, se subió en un frondoso achapo desde donde se podía divisar a cualquier animal que se acercara sin ser visto, todo era cuestión de esperar porque los cerditos de monte usan sus propios senderos para desplazarse. No llevaba mas de media hora de estar acurrucado en su pacera cuando sintió un breve ruido como a veinte metros, y grande fue su asombro al ver que en el lugar hacía presencia el mayor y mejor cazador de la selva amazónica, el tigre mariposo, felino dotado de gran fuerza y agilidad, además de un poderoso sentido del olfato y una sensible capacidad de observar en la oscuridad de la noche.

Este maravilloso gato gigante posee unas garras que luego de afilarlas en los troncos utiliza en su cacería y que al igual que sus fauces pueden ser letales, incluso para un hombre armado. La sola presencia del tigre asusta, y para el aserrador conservar la serenidad se vuelve cada vez mas difícil, pero con la quietud de una roca logró mantenerse desapercibido, hasta que el tigre luego de leer con su garra y su nariz sobre el lenguaje de rastros, se abalanzó en una carrera corta para impulsar su salto hacia un árbol, cercano al que resguardaba al asustado cazador. La capacidad nativa del tigre le ha permitido ser invisible a sus presas, gracias a que cuando se mueve sus pisadas no emiten ruido alguno, incluso pisando en la seca hojarasca, y los movimientos de su cola se asemejan al de una serpiente brava y curiosa que advierte que los siguientes minutos pueden ser de ardua lucha.


No pasó mucho tiempo para que en medio del concierto de música selvática empezara a escucharse un gemido grave y un rumor generados por decenas de patas que se entierran en el suelo y arrasan vegetación pequeña a su paso. El cazador observaba admirado desde su palco vegetal el desfile de cerca de cuarenta cerrillos colorados que avanzaban agachados, como es frecuente, siguiendo en orden de dos a tres filas a un pequeño individuo de la manada que iba como punta de lanza guiando a la manada por el sendero acostumbrado.

Para cualquier cazador es un privilegio difícilmente repetible contar con tan abundante recurso de carne de monte, y de seguro que no demoraría para hacer fructífera su faena, pero en este caso el tigre ponía las reglas y lo mas prudente era esperar. El tigre sin más vacilación dio un salto certero que le permitió tomar por el cuello al cerrillo de adelante y levantarlo del suelo para matarlo al instante. Pero no esperaba que los demás reaccionaran violentamente.

Todos empezaron a moverse en una bandada poderosa y rápida que encerró al tigre, quien lanzaba potentes zarpazos y doblegaba a cuanto cerrillo lograra alcanzar. Esta lucha se prolongó por cinco minutos, tiempo en el que el tigre ajeno a su triste suerte, era golpeado por todos lados, brincando alto y volviendo a caer en el corazón del peligro, hasta que su agilidad y astucia fueron menores que el poder de grupo que ejercían los cerrillos al atacar al intruso.

El tigre tardíamente entendió que lo mejor era correr y salvarse de la manada, que lo azotó y debilitó hasta que, al quedar sin resistencia alguna, fue pisoteado y descuartizado de manera que no quedó de él ni la más pequeña muestra de su existencia. Los cerrillos encolerizados empezaron a correr en círculo como buscando a mas intrusos, algunos se acercaban a sus compañeros caídos en combate y los chuzaban como buscando que reaccionaran y despertaran de su trance mortal. Fueron doce los cerrillos que murieron y la manada sintió mucho la muerte de estos que se quedaron desde la mañana hasta entrada la noche en el lugar.

Cuando al fin los cerrillos se fueron, el aserrador bajó de su árbol, cansado de estar tanto tiempo encaramado, pero contento de saber que la cacería fue abundante y sin necesidad de utilizar su escopeta. Solo logró llevarse tres cerrillos al hombro como ganancia de la faena del día.


 


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