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“Visión Chamánica”
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Ricardo Díaz Mayorga
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Comentarios

Leí su nota: Muy interesante! Quisiera tener contacto con algún grupo que realice terapias de la misma orientación que Visión Chamánica, en la Argentina. Muchas Gracias
S.N.
Dic. 2 - 2008

Re/ No conocemos ningún grupo en su país con una propuesta similar a la nuestra.

 

Es buenísimo. Debería hacer un recorrido por el mundo, sobretodo por México, dando conferencias por las ciudades, no por las más grandes sino por las chicas ya que muchos no tienen posibilidades de viajar. Conteste
Jaime Nube
Nov. 21 – 2008
Re/ Desgraciadamente no nos podemos multiplicar. Un abrazo. Nacho
 

Excelente, como todo lo de Ignacio.
Martha Morales
Agosto 15 - 2008


 


 



La salud es uno de los mitos que ha reemplazado el de las morales religiosas que manejaron el mundo hasta la modernidad.































Hay una tendencia muy fuerte en nuestra cultura de pérdida del proceso de individuación, una marcada tendencia a perderse uno en la masa.

 































 

 

 

 































Tocaría generar un modelo totalmente contracultural en que Ud. encuentre una forma de vida en la cual le respeten su propio destino.




































































Hoy en día veo más la drogadicción como una forma de vivir que como una patología


 


 

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Drogas y Adicciones

Los sicoterapeutas somos los policías

del sistema cultural
Entrevista de Ricardo Díaz con Ignacio Vergara

Ignacio Vergara Carulla es un personaje muy singular. Siquiatra bogotano, arribando a los sesenta y muy conciente de sus años, hoy en día se toma las cosas con tranquilidad, “perro viejo late echado”, nos dice. Atiende una consulta muy numerosa, dirige los talleres de biodanza “Danzar la vida”, participa en sesiones de meditación zen y en prácticas de “Danzas Sagradas”, pero no pretende liderar nada, “no quiero que nadie crea o siga lo que yo hago”. Nos atiende en su consultorio y acepta hablar sobre el tema de las drogas y las adicciones.

Uno de los temas de la actualidad, las drogas, atraviesa prácticamente todos los aspectos de la realidad, el político, el económico, el de relaciones internacionales, el legal, el de salud; ¿Cómo se podría caracterizar esta cuestión desde el punto vista de la Salud Pública?
Hablar de la droga y de la salud implica ubicarse dentro del contexto de la moderna religión de la salud y de la higiene, con una definición “externa” del bienestar o malestar humano, de la realización o no realización humana. Es uno de los mitos que ha reemplazado el de las morales religiosas que manejaron el mundo hasta la modernidad. Al hablar de salud tenemos que acomodarnos a una idea exterior al proceso de vida de una persona concreta y definida en su existencia, y entrar en el concepto de “la normalidad”, que es el patrón de lo que el grupo social dominante define como sano.

De otra parte, al hablar de droga hay que especificar, porque llamar drogas al prozac, a la cocaína, o al yagé de la misma forma, es hablar de tres realidades completamente distintas. A mí me gustaría más referirme a tres tipos de drogas: las químicas, que de alguna manera refuerzan los patrones tóxico-sociales, como el éxtasis, la cocaína, las anfetaminas; las drogas que llamamos de la farmacopea de los médicos, las drogas del establecimiento, que buscan proporcionar un bienestar a la persona dentro del patrón cultural; y las que podemos llamar enteógenas o sicotrópicas-enteógenas, que son sustancias que nos sacan de la conciencia masificada y nos ponen en contacto con formas de conciencia “no–normal”.

Si hablamos de drogas medicadas, son drogas que refuerzan la salud social, si es que vamos a entender por salud social la adaptación a la conciencia masificada. Si vamos a hablar de drogas sicotrópicas sociales (éxtasis, cocaina), nos referimos a drogas que estimulan aun más la masificación de la conciencia, o sea la inconciencia individual como proceso creativo. Al hablar de drogas enteógenas, hacemos alusión a sustancias que crean estados de conciencia muy subjetivos, estimulando efectos opuestos a las anteriores. Un antipsicótico que formulo como siquiatra, produce un efecto exactamente opuesto al de un enteógeno: Actúa sobre una persona cuyos procesos de pensamiento se están alejando de los contenidos que pueden ser compartidos socialmente creando un proceso de individuación exacerbada y disfuncional en la conciencia social, le modifica aquellas diferencias que va creando para que vuelva a ser común y corriente, para que sea ordinario.

¿Podríamos entonces hablar de la drogadicción, como de una patología propia de la modernidad o de la civilización industrial? Más allá de las sustancias mismas ¿se puede hablar de una sociedad adictiva?
Nuestra cultura contemporánea está marcada por la masificación, por la “normalidad”. Normal es lo que cumple los patrones de la cultura imperante. Anormal es lo que se sale del proceso de masificación de la conciencia el cual se lleva a cabo a través de los medios de comunicación masivos, los métodos pedagógicos, las técnicas de adaptación de conducta y otros procedimientos cada día más sutilmente violentos.
El individuo tiene cada vez menos capacidad de desarrollar su proyecto existencial como un proyecto propio. Hay una tendencia muy fuerte en nuestra cultura a la pérdida del proceso de individuación, del proceso de realización personal; una marcada tendencia a perderse uno en la masa.

El grupo dominante puede de alguna manera tener sometida a una gran parte de la población si toda desea lo mismo y si puede proporcionarle lo que le enseñó a desear. Es la antigua práctica de los gobernantes romanos de dar “pan y circo” al pueblo para tenerlo distraído.

En la medida en que una persona está distraída, entretenida, satisfaciendo unas necesidades que se aprenden, esa persona no está haciendo un proceso propio de desarrollo. De esta manera no es peligrosa para el grupo cultural dominante, no va a ser conspiradora, no va a cuestionar el patrón cultural.

En la medida en que uno se va desprendiendo de su proceso individual, se va volviendo mucho más adicto a las necesidades que le enseñan a sentir, p. e. la necesidad del dinero, la necesidad del sexo, del estímulo, del excitamiento. Las distintas clases de estímulo que generan las circunstancias de la vida, son la motivación natural de la persona para desarrollar su creatividad en miras al desarrollo de su proyecto existencial individuado. Pero si por falta de los estímulos naturales (la inseguridad, la frustración, la enfermedad, etc) que nuestra cultura elimina dentro de la religión del bienestar, creamos estímulos artificiales, como ver una telenovela y llorar, o montarse en una montaña rusa para sentir pánico, o meterse un ácido, vamos abriendo el campo a conductas que no tienen relación con una circunstancia vital, las cuales se vuelven adictivas , ya que aprendemos a desarrollarlas por la sensación que producen y no como un proceso de crecimiento, adaptación o realización conectado con nuestra vida. Son conductas fatuas que no buscan una transformación en el ser que la realiza y en el entorno en donde repercuten. La motivación de la acción no es la creación sino la sensación, creando de esta manera la condición adictiva (El ratón que pulsa la palanca, que activa el electrodo, que le produce placer en un sitio del cerebro).

La cultura contemporánea es una cultura adictiva, porque de alguna manera genera necesidades comunes en una gran masa de gente y esas necesidades son neuróticas, o sea no relacionadas con la realidad presente (p.e. los seguros, las neurosis de futuro, el miedo a la vejez).

¿Porqué se hacen adictas las personas?
Yo creo que es una cuestión de desconexión. Cuando tu naces en un sistema familiar en el cual tu madre goza con el hecho de que existas, acepta tu vida como una vida diferente a la de ella, o sea: acepta que tu proceso existencial es distinto al que ella vivió y tiene una confianza básica en la bondad fundamental del universo, tu vas a crecer relacionándote contigo mismo y utilizando el entorno y lo que acontece alrededor como un recurso al cual acude tu conciencia para hacer tu propia existencia individual, porque cada conciencia es la danza del Creador de una forma concreta y diferente.

Pero si naces en un sistema familiar donde el papá y la mamá viven en una bronca permanente, como son los matrimonios contemporáneos, en una guerra sexista para ver quien es el que manda, tu entras a ser un objeto de esa guerra. Y vas a crecer completamente desconectado de ti mismo; no vas a saber que es lo que tú necesitas y quieres. Tu vas a crecer sin tener claridad ni destino de tus deseos y tus metas.

El adolescente nuestro no sabe cual es su territorio, no sabe qué pelear para él. Entonces, cuando prueba la marihuana, que es una planta muy bondadosa, muy maternal, el efecto lo libera por un tiempo del sentimiento culposo y de la conciencia resentida, lo sumerge en un espíritu de no conflicto y le disminuye su conflicto interior y con el exterior. Aunque si el conflicto con el exterior es muy fuerte, la marihuana le puede producir paranoia, o sea que se exacerba más.

Entonces entre más conflictivo sea el sistema familiar del adolescente, entre más negado haya sido por sus padres, entre más perdido esté de sí mismo, más posibilidad tiene de volverse adicto.

Porque la marihuana te puede dar unas luces, te permite unos estados de conciencia especiales, que después tu los debes buscar en tu cotidianidad y conseguirlos sin la ayuda de la planta. Solo así puede ser un guía que te muestra una ventana al mundo, pero tu tienes que entrar por tu cuenta, tu no entras a ese mundo de la mano de la marihuana. El chamán con su planta enteógena se abre a un mundo, pero él no vive en ese mundo, el baja de su planta enteógena a la cotidianidad.

Cuando la realidad exterior es demasiado agresiva, y la persona tiene recursos para eludirla huyendo a los mundos de la inconsciencia y el ensueño, la adicción a sustancias como los pegantes, la misma marihuana, las metacualonas o los hipnóticos, es sencillamente una estrategia de adaptación para evitar el dolor y el sufrimiento excesivo de esa existencia.

Hablemos de los tratamientos antidrogadicción, ¿Qué opinión tienes de los tratamientos convencionales? ¿Qué grado de eficacia tienen?
Ese es un tema muy álgido. Como plantean Laing, Cooper, Vasaglia o Foucault, nosotros los llamados terapeutas somos los sacerdotes de la normalidad: somos los encargados por el sistema de recoger a los que están tratando de salirse del montón y volverlos a traer.
El 90% de los tratamientos no generan un espacio continente, un entorno que le permita al paciente la búsqueda de sí mismo, sino que buscan adaptar a ese ser nuevamente a la vida social. Gran parte de los tratamientos hoy en día proponen “mire no importa que meta, lo que importa es que Ud. siga estudiando, que cumpla con lo que se espera de Ud.”

La mayoría de tratamientos fracasan por eso; lo que hace el tratamiento siquiátrico, o sicológico, o sicoterapéutico convencional es intentar mostrarle al adicto la cantidad de cosas buenas que se está perdiendo por su toxicomanía y de las cosas que podría ganar si la deja. Pero en el fondo él seguirá con la sensación de que se perdió a sí mismo.
Un tratamiento que realmente lo fuera, debería ser una propedéutica –así llamaban los griegos el coger de la mano a una persona y acompañarla en la búsqueda de su destino–. De alguna manera, debería orientarse a permitir que la persona salga de su sistema familiar, donde aprendió a ser drogadicto, salga de su sistema cultural donde se defiende a través de la drogadicción y se le permita otra forma cultural de vida; pero entonces no lo pagaría la cultura, porque sería generar una contracultura. Que fue un poco lo que pasó con el movimiento y las comunas beat norteamericanos de los años 70: la cultura siente que esa gente se perdió, porque ellos viven por allá sin cumplir los patrones de la producción y el comercio. Si el joven está haciendo artesanías en Villa de Leyva, a la familia no le importa que meta o no bareta, lo que les importa es que dejó de ser doctor y se perdió.
Lo que tratan los terapeutas actuales –los policías de la cultura, como nos llama Foucault–, es encarrilar las ovejas que se están saliendo del rebaño, pero no son realmente tratamientos en el sentido propedéutico de ayudar a esa persona a encontrar su propio camino. Tocaría generar un modelo totalmente contracultural en que Ud. no se sienta presionado a ser doctor, que Ud. encuentre una forma de vida en la cual le respeten su propio destino.

Últimamente se ven tratamientos de la drogadicción con métodos religiosos, particularmente de iglesias protestantes. ¿Qué opinas tu de esto?
El drogadicto es una persona muy confusa, hija de un sistema familiar que navega en la confusión. Pero el dolor de no encontrarse a sí mismo puede ser sosegado por un proyecto existencial prestado que el adicto apropia. El perder su alma es tan doloroso, que si le prestan un alma se siente más o menos sosegado. Funciona durante un tiempo.
Un muchacho de estos se puede volver fanático de una creencia religiosa, de una iglesia o de un movimiento religioso. Se apega a eso porque él tiene mucha necesidad enorme de claridad, él se aliena en algo que sea menos incongruente que su sistema familiar y muchas veces se aliena en ello. Cuando llega a una Iglesia, a un seminario, lo que hacen es prestarle un alma y le dan la posibilidad de una afiliación clara y definida: si Ud. pertenece a esto Ud. es bienamado por nosotros. Pero por allá adentro sigue la sensación de “yo me perdí”.

La drogadicción, de alguna manera te da una identidad, tu eres alguien frente a tu padre, frente a tu madre o frente al sistema y entonces tienes una identidad, una fe: yo soy algo, yo soy un drogadicto. Entonces en lugar de identificarse con la planta, o con el alcohol, o con la sustancia como drogadicto, pasa a identificarse con la Iglesia o con el movimiento religioso, o con lo que sea.

Si el alma se ha logrado mantener un poquito despierta, la pérdida del sí mismo y del proyecto existencial propio sigue presente y entonces va a llegar un momento en que hace crisis frente a ese nuevo pilar.

¿Conoces la propuesta de Takiwasi en el Perú?
Takiwasi es un modelo de comunidad terapéutica bien estudiado que utiliza el yagé como uno de los recursos para romper el ego previo a la inserción de la persona. Ahora, una vez que se rompe, viene el problema de que si no hay un proceso de continencia para este personaje que tuvo que crear ese ego que mantiene el alma alienada, si no hay un ambiente de protección, de comprensión, de aceptación, ese ego, apenas vuelve a salir al entorno vuelve a lo mismo, porque tiene años y años de práctica en ese sistema de defensa. De todas maneras hay personas que alcanzan a filtrar realidad suficiente y el ego es suficientemente elástico como para comenzar a hacer procesos adaptativos distintos y comenzar a desalienarse. Es válida la experiencia, pero siempre advirtiendo que eso no cura, que eso sencillamente abre una posibilidad que hay que trabajar.
“La misma luz que ilumina al águila enceguece al buho”; yo lo repito todo el tiempo, porque si hay una persona que camina por la vida en busca de algo de qué agarrarse, puede agarrar el movimiento Takiwasi como una iglesia, y puede agarrar el yagé como los fanáticos del Santo Daime que terminan siendo adictos a una religión que tiene una sustancia enteógena. Esa gente no es adicta al yagé, es adicta a la iglesia del Santo Daime.

¿Qué otras novedades destacables en tratamientos de drogadicción merecen ser mencionadas?
Yo me he alejado mucho del tratamiento de drogadictos y hoy en día veo más la drogadicción como una forma de vivir que como una patología. Me parece tan alienado el adicto al dinero, como al alcohol, al sexo, o al trabajo. Si a mi me llega un paciente drogadicto, yo no lo trato como drogadicto, lo trato como un ser humano que tiene una forma de vida como la que tiene el banquero, o el que viene aquí muriéndose porque la mujer "le puso los cachos", porque todos son adictos y todos tienen el alma alienada en algo. Entonces yo cada vez me alejo más de esos modelos de tratamiento.

Se que se están haciendo muchos estudios y exploraciones respecto a los tratamientos de las toxicomanías. Nuestra cultura es especialista en generar Tabúes (prohibiciones absolutas) y al mismo tiempo Tótems (endiosamientos y sacralizaciones) sobre un mismo objeto. El sexo es Dios y es demonio, lo mismo la droga. Un niño que crece en esta cultura incorpora la prohibición y el mandato al mismo tiempo. Se ha escrito ya mucho acerca de los intereses políticos y económicos de mantener la prohibición, la cual conlleva implícito el mandato.

Para terminar quiero decir que si volviera a trabajar con toxicómanos, no me permitiría quedarme a la mitad de camino. El modelo que buscaría sería semejante al de Cathexis, que es una comunidad norteamericana que trabaja con esquizofrénicos. Ellos son radicales en la exigencia de romper cualquier vínculo del paciente con su sistema familiar de por vida. Se le lleva por medio de algunas técnicas de regresión a reiniciar su vida y su formación creándole una posibilidad de reiniciar su camino sin perderse a sí mismo en un mar de confusión. A este tratamiento lo llaman "reparentalización”. Pero repito, se tendría que generar un espacio contracultural porque una vez sea reparentalizado, tendría que habitar en un espacio cultural que no le exija renunciar a si mismo.

La decisión de un toxicómano, que empieza ya a deteriorarse en la droga es: “Juego mi vida, cambio mi vida, de todas maneras la tengo perdida”. Su alma se perdió, se la chuparon, se alienó, el no tiene destino propio, tiene el destino que le dieron sus padres.

Bogotá, Julio de 2003.
Comunicaciones a:
chamanic@visionchamanica.com

 


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