Principal | Yagé y EMC | Salud y Chamanismos | La gente vegetal | Eco-madre tierra | Cuido mi cuerpo | Rico y sano | Hartas Artes |
Culturas y Tendencias | Contactos

Revista
“Visión Chamánica”
Website: www.visionchamanica.com
Director / Editor
Ricardo Díaz Mayorga
c/e:
chamanic@visionchamanica.com
 neochamanic@gmail.com

Tel. Móvil: 310-785 9658
Tel. fijo en Bogotá, Colombia:
302 3044


 

su opinión sobre este artículo

Nombre:

E-mail:

Su Comentario:

   

 

 

Comentarios

Hola, quisiera saber si Víctor realiza seminarios en Argentina, en el caso que no fuese así, información en dónde –fecha y costos– para poder asistir; me interesa, gracias, espero su respuesta.
Viviana Janon
Enero 10 - 2010
Re/ Reenviamos tu consulta a Víctor.

 

Hola, quisiera saber si Víctor hace seminarios en Buenos Aires o sabe de alguien confiable que los haga, gracias por su respuesta.
Alejo
Noviembre 24 - 2009
Re/ Hemos reenviado su mensaje a Víctor, quien te responderá directamente.

 

Es interesante, deseo contactarme con Victor.
Alfonso Karr
Noviembre 23 - 2009
Re/ Puedes escribirle a:

vnietop@gmail.com

 

Hola realmente me encantaría ir a una toma de yagé pero no estoy realmente preparado para ello. ¿Cómo los puedo contactar de otra forma desde Medellín?
Sebastián
Septiembre 18 - 2009
Re/ Puedes escribirnos a nuestro e-mail: neochamanic@gmail.com , o llamarnos al celu: 310-785 9658.

 

Todo esto tiene que ver con mi esencia, deseo me envíen info y cualquier encuentro que se realice en Buenos Aires, mil gracias y mucha luz.
María José
Septiembre 11 - 2009
 

Me parece muy interesante si podría mandarme información. Gracias.
Kety Paredes
Mayo 20 - 2009
 

Muy interesante, ¿podría por favor ponerme en su lista y mandarme información acerca de los seminarios? De antemano, gracias!
Quetzal Tzab
Mayo 19 - 2009
Re/ Ya te incluimos en nuestra Lista.

 

 

*English translation

 

 

 

 

 

Créditos de Fotografías

En esta página: de Guillerma Moreno

La de biografía de V. Nieto:

 Adriana Calabi

En Home: de V. Fourcroy

 


 

 

 

 

 

 

 

El Autor

Víctor Nieto nació en la ciudad de Lima. Trabaja con Ayahuasca desde 1995 cuando comenzó su actividad en Tarapoto. Vivió durante ocho años en la Amazonía peruana, estudiando el uso tradicional de la ayahuasca y otras “plantas maestras” o “plantas profesoras”. Viajó por todo el Perú, visitando curanderos tradicionales, indígenas y mestizos. Durante su proceso de aprendizaje, realizó innumerables dietas (una práctica de aislarse en la selva durante un período determinado de tiempo, con abstinencia sexual y de ciertos alimentos, e ingiriendo diversas plantas maestras); práctica que mantiene regularmente hasta el presente, para su propia limpieza y la renovación de su conocimiento. Cocina personalmente su Ayahuasca a partir de una receta que desarrolló durante años de experimentación. Víctor ha trabajado en África, Asia, Europa, EE.UU., Chile y Argentina, conduciendo ceremonias, e impartiendo seminarios y conferencias. Vive en São Paulo desde 2002. Allí creó un centro de investigación, intercambio y divulgación del vegetalismo ayahuasquero peruano, fortaleciendo así los lazos entre Brasil y su país vecino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inicio  > Yagé y EMC > Literatura Ayahuasquera

 

 

Literatura Testimonial
Cuentos Ayahuasqueros
Por: Víctor Nieto

 

Víctor soplando una pareja de jóvenes en Serra Verde

 

El cáncer de Donald

Eran los frescos primeros días de abril del año 2007. Me encontraba acomodando las cosas de mi escritorio mientras atendía las llamadas que normalmente entran en las vísperas de los trabajos de fin de semana. Hacía apenas unos minutos que había recibido una de Marcia, una joven profesional de la industria farmacéutica que venía frecuentando desde hacía dos años algunas de mis ceremonias.
Ella había decidido reservar dos lugares para el ritual de la noche del sábado, para ella y para su enamorado Donald, quién haría la experiencia por primera vez. Marcia se limitó a contarme en forma breve la crisis depresiva por la cual atravesaba su pareja desde hacía algún tiempo. La interrogué con el cuestionario habitual, averiguando si él tomaba algún tipo de antidepresivo o medicamento, si padecía de algún otro desorden psíquico, o quizás en la familia. Tras explicarle que debería de imprimir el formulario que estaba remitiéndoles, rellenarlo y firmar los términos de responsabilidad que deberían entregarme momentos antes de la ceremonia del sábado, decidí admitirlo.
El sábado no fue de los primeros en llegar, pero no fue eso sino la decisión de su novia la que los ubicó en lugares separados. Esa noche la ceremonia transcurrió dentro de los parámetros, podríamos decir habituales, de un ritual de Ayahuasca en el contexto peruano; con algunas personas vomitando aisladamente, mientras otras relajadas y casi lejanas se perdían por los taciturnos laberintos de sus conciencias.
Finalizó el ritual cerca de las tres de la mañana y, a esa misma hora, pasé por el lugar donde descansaban cada uno de los participantes para intercambiar un breve saludo a manera de comentario. Cuando llegué al lugar de Donald pude percibir que éste se encontraba algo contrariado y con un simple ademán gesticuló un breve “no gusté de la experiencia”. “Esto no es una fiesta”, respondí, “no tiene que ser bonito ni gustar”, agregué. Dicho esto continué visitando al resto de los participantes antes de subir a descansar a mi habitación.
Al día siguiente, aun de mañana, volvieron juntos a Sao Paulo y fue ella quien se esforzó por abrir un diálogo más amplio para conocer los pormenores de la experiencia de su novio, quién se manifestó en contra, no sin demostrar un serio malestar al tener que recordar parte del tránsito de la experiencia la noche anterior. Le comentó que había experimentado una especie de desdoblamiento, en el cual otro Donald le confrontaba diciéndole que pusiese mucha atención a su salud porque padecía de cáncer. Se acentuó el malestar emocional de Donald cuando agregó a Marcia que aquello se había repetido durante no menos de tres veces durante la ceremonia lo cual llegó a molestarle tanto que no pudo evitar pensar, como hasta ese mismo momento pensaba, que la experiencia fue una mierda, además de un absoluto fracaso. Cerró el diálogo, pidiendo a Marcia no insistir en invitarle a que participase de otra reunión de ayahuasca o cosa similar.
Marcia, con una decena de experiencias de ayahuasca a sus espaldas, según ella interesantes, intentó convencer a Donald de cambiar su posición frente a la vivencia, e incluso, llevarle a un médico para que le hicieran algunos exámenes. Donald se negó categóricamente. La insistencia de Marcia durante gran parte del domingo que sucedió a la ceremonia y la decisión de ella de establecer una hora el lunes por la mañana terminaron por llevar a Donald a visitar un médico en una clínica local. El médico lo encontró algo flaco, bajo de peso, y tras revisarle al tacto el cuerpo no tardó en descubrir unos nódulos sospechosos en la región de la garganta. Le ordenó un examen inmediatamente, el cual arrojó como resultado la existencia de un nódulo posiblemente maligno. Aparentemente no existía metástasis, era urgente operarle. Decidieron prepararle toda la semana para operar y extirpar el nódulo el martes de la semana siguiente.
Esa tarde de mitad de semana era soleada y casi apacible cuando sonó el teléfono con la llamada de Donald. Fue directo, me contó lo sucedido y me pidió cita para tomar un café y charlar personalmente. Nos encontramos esa misma tarde y fue grato encontrar un Donald sonriente, capaz de relatar todo el episodio que se había iniciado el fin de semana tras la ceremonia de ayahuasca en mi casa. Al final de la charla estaba agradecido, me pidió le anotase en la próxima ceremonia de ayahuasca del siguiente fin de semana y casi víspera de su operación. “¿Porqué?” pregunté. “Porque ya me disculpé con usted, ahora me falta disculparme con la planta, ¿puedo participar”? “Claro, venga a las nueve por favor…”


Enero 2009
Revisión de estilo en español por Ricardo Díaz.



Las mil pastillas de Celinda

No fueron los efectos del uso continuo por casi veinte años de antidepresivos mezclados con ansiolíticos y algún otro sedante para los nervios los que llevaron a Celinda, aquella mañana tibia del mes de noviembre, a compartir un café conmigo en una terraza de la plaza Panamericana. Tampoco fueron los síntomas de un inminente síndrome de pánico que tiempo atrás venían acosándola.
Celinda, mujer esbelta y morocha de buen ver, con los cuidados de apariencia adecuados a la clase media burguesa, aquellos que disponen de una renta elevada, pero que también son capaces de seguir las telenovelas de las ocho. Era casada hasta hacía bien poco tiempo, con dos hijos jóvenes estudiantes universitarios.
Deshizo con suaves y acompasados movimientos la servilleta de papel que no llegó a utilizar, mientras me relataba con cierto aire de tristeza que se mezcla con rabia los últimos y nefastos acontecimientos de su vida. Tratábase de una tal vez falsa rubia, dos décadas más joven que ella, de profesión camarera, quién le arrebató a su marido entre primeros platos y sobremesas. La otrora grácil equitadora de las pistas paranaenses puso a volar la fina vajilla de su casa por los aires de Morumbí y también aquella que no era de muy buen precio.
Comprobado el sabor sin sal de la cama de quien se separa, optó por reforzar el contingente ansiolítico y antidepresivo con uno que otro cóctel de cualquier noche decadente. Algún amigo en medio de la inauguración de una exposición de arte, cada vez más moderno, le comentó en hipnótica tertulia algo acerca de un chamán que convidaba un, tal vez, milagroso vegetal, en un reducto del gran Sao Paulo. Así llegó Celinda, destrozando la quinta servilleta, al final de su corto relato.
“Tenemos suerte, estamos en el momento para iniciar un buen trabajo”, le dije. “Ya perdió el marido y está atrapada en una compulsión sin freno de consumo de sustancias químicas, no tiene salida”, agregué. “Buen momento para cambiarlo todo. En caso contrario, usted queda sola y estragada. Por otro lado tiene la gran oportunidad de poder iniciar una nueva etapa más saludable de su vida”, fueron los argumentos de la propuesta.
Antes de pagar los cafés, Celinda aceptó iniciar la serie de tratamientos con plantas, que primero tratarían de desintoxicarla, para entrar después en un contexto de reconciliación con su autoestima y amor propio. A la fecha, han transcurrido más de dos años desde aquella mañana de primavera en la Plaza Panamericana. Celinda conoce hoy el difícil tránsito hacia los baños de las ceremonias, como si se tratase del fiel reflejo de lo mucho que precisó de limpiar en su alma. Ha sido –perdón, es– un largo recorrido de valentía y persistencia. Me atrevo a descubrir éste encuentro pensando que ella está bastante mejor anímicamente. Cambió dos veces de auto, recordándome que poco tiempo atrás no conseguía salir a la calle ni siendo llevada por alguien. Mudó de apartamento, dejando atrás las paredes tristes de aquella majestuosa residencia. Venciendo temores casi crónicos, alentó a sus hijos a que tomasen estudios en el extranjero. Hizo viajes por tres continentes, estudió idiomas, se relacionó con otras personas.
Pocas semanas atrás compartimos un almuerzo, en medio del cual ella me mostró unas fotos. Fue en ese momento que cayó accidentalmente un sobre de diminutas pastillas encima de la mesa. “¿Qué es eso?”, pregunté. “Un sobre de Riprocril, lo llevo solo por sentirme segura, no tomé ni una pastillas de éstas, puedo jurarlo”. Dejé atrás el restaurante pensando en lo acontecido, reflexionando en todo el proceso.
“Bueno”, pensé.
En ese momento, mientras el semáforo abría el torrente urbano en medio de la avenida, sonó mi teléfono móvil. “Hola, ¿es usted quien convida las plantas?”, consultó una voz entrecortada al otro lado de la línea. “Sí, respondí. ¿Conoce usted la Plaza Panamericana?”

Chiclayo, 03 de Diciembre de 2008
Revisión de estilo en español por Ricardo Díaz.



La muñeca perdida de Katiuska

Conocí a Katiuska a principios del suave otoño de Buenos Aires en 2004. Nuestro encuentro había sido pactado apenas pocas horas después de la última ceremonia del sábado anterior.
Era un martes por la tarde. Bajé del tren en la estación Pacífico aturdido por el bullicio del andén y de las escaleras de salida de la estación. Felizmente, pocos minutos después, la suave brisa de la avenida Santa Fe aclaraba mis ideas. Recuerdo sus ojos de un azul cada vez más triste, su mirada se perdía entre los árboles de aquel bosque mágico de Palermo en plena ciudad porteña. Katiuska había adelantado su jornada habitual de trabajo en una reconocida sala de masajes de la ciudad, actividad que formaba parte de su vida desde algún tiempo después de llegar de Rusia a la capital argentina.
Su primer relato transitó en fuga, desde la infancia austera y gris que le impusiera el Partido Comunista a su familia, pasando por los cálidos recuerdos de los rincones más secretos de Leningrado que frecuentaba con Olenka, su joven pareja; mujer con la cual disfrutaba de una relación más que afectiva, mientras el calor de ambas pieles derretía como la nieve los últimos vestigios de la pubertad. No tardó en derivar Katiuska a un astillero naval del estado, donde como cualquier otra soldadora trabajó incansablemente bajo los acordes revolucionarios de los himnos del Kremlin.
Katiuska, vivía en una casa que compartía con sus padres y otras dos familias. Fue una tarde cualquiera al volver a casa después de la jornada de trabajo que descubrió que los sentimientos de amor prófugos del régimen lo eran también de su vida, al descubrir en la cama a su joven madre, desnuda, disfrutando del abrazo intenso de Olenka, también desnuda. No consiguió respuesta ó explicación alguna; prefirió salir a perderse por las calles frías como quien busca un aliado en las sombras del desconsuelo.
Poco después de volver a casa percibió que ambas, su madre y Olenka, habían decidido escapar juntas a un lugar que solo el andar de los años y las consciencias terminaron descubriendo. El padre de Katiuska cayó en una amarga depresión, de la cual ella no conoció el final por tener que abandonar la casa entre las agrias acusaciones que le inflingía su progenitor cada día, ebrio de vodka.
La Perestroika abrió las puertas de las fronteras rusas y Katiuska las traspuso en busca de otros horizontes. Llegó a París primero, pero poco tiempo después se dejó seducir por la idea de ir a Buenos Aires, en aquella mágica América de tango y verdes pampas. Con la decisión de una vida nueva, decidió formarse en una escuela de yoga y masajes local. Llegó por indicación de sus nuevos amigos a un singular centro, tanto como su fundador y director Reinaldo Márquez. Allí descubrió que la dictadura no nace siempre del caldo rancio de las revoluciones, sino también del té tibio de la manipulación y uso del poder, así sea por el hecho simple de ser “un iluminado”. Reinaldo Márquez, tenía bien organizada su institución; los miembros de la secta cumplían la fácil labor de hacer bien lo que les correspondía hacer: alabarle y amarle a él. A cambio, Reinaldo, quien gustaba humildemente de ser llamado solo por el denominativo de Maestro Iluminado, compartía con sus fieles algunas técnicas de respiración y una que otra parafernalia ayurvédica, entre intensas e inacabables sesiones de meditación.
Katiuska fue convidada a casarse como lo hacían los otros participantes de la secta, con uno de sus miembros solteros. Reinaldo, cumpliendo la función de cualquier maestro iluminado, eligió el marido ideal para Katiuska: Carlos era sin duda, de los veteranos, aquel que más necesitaba de una pareja dentro del grupo. Quizás con eso podría desarrollar mejor todo el conocimiento adquirido en los últimos años de adoración a su líder. Aquí Katiuska, no quiso mencionar –quizás por aquel temor a las represalias que conocen quienes vivieron las duras disciplinas autoritarias– lo que realmente la motivó a separarse dos años después de su marido y, por ende, de la institución. Sólo se limitó a contar que no sentía, dentro de su criterio, que las cosas que le pedían que hiciera fueran las correctas, provenientes de un verdadero maestro iluminado. Y con tal cuestionamiento, se vio nuevamente en medio del transcurrir de los días, sin tener que alabar a más nadie.
Con los vientos que traen algunos cambios, Katiuska llegó a una escuela seria y de buen carácter profesional en la que aprendió la profesión de la cual vive actualmente.
Después recordamos juntos la última ceremonia con Ayahuasca, la noche fría bajo los efectos; la limpieza, la claridad de pensamiento desde el sentimiento, ayudaron al discernimiento de muchas cosas de su vida pasada. En definitiva, el hecho de poder encontrar un sentido en todo le traía un sentimiento de satisfacción. No ofreció ser parte de muchas más experiencias, pero acordamos que un par más podrían ayudar a terminar de destapar la herrumbrosa puerta del sótano de la consciencia. Vi por un tiempo más a Katiuska, compartimos las sesiones necesarias que ella quiso. Nos despedimos.
No puedo evitar sentir una especial alegría dentro de mi alma cuando alguien cuenta que tuvo un excelente masaje con una profesional rusa, pensando que quizás se tratase de nuestra joven ex-soldadora de los diques navales de Leningrado.

Revisión de estilo en español por Ricardo Díaz.
______________________________________________________________________

 

English Translation

Translate by: Jimmy Weiskopf
 

 

Donald´s Cancer(*)

Víctor Nieto (**)       

             

It was the early days of April 2007 and the weather was cool. I was arranging the things on my desk while I answered the phone calls that usually came on the eve of my weekend rituals. Barely a few minutes before I had got one from Marcia, a young professional in the pharmaceutical industry who´d frequently attended some of my ceremonies during the past two years.

She had decided to reserve two places in the Saturday night ritual, one for herself and the other for her boyfriend Donald, who would be having the experience for the first time. She limited herself to a brief account of the crisis of depression her boyfriend had been going through for some time.

I asked her the usual questions, to find out if he was taking some kind of anti-depressive or other medicine, or if  perhaps someone in his family suffered from another kind of psychic disorder. After explaining to her that he should print out the questionnaire I was sending them, fill it in and sign the part about assuming responsibility that would have to be given to me just before the start of the Saturday ceremony, I decided to admit him.

They weren´t among the first to arrive that Saturday, but it wasn´t that but his girlfiend´s decision that I kept them apart from one another. That night the ceremony unfolded within what might be called the habitual parameters of a Peruvian-style ayahuasca ceremony: some people were vomiting in corner, while others, relaxed and almost distant, were lost in the silent labyrinths of their awareness.

The ritual finished around 3 a.m. and in that moment I went round the places where each of the participants was resting to briefly ask how they were.  When I reached Donald´s place I could tell that he was somewhat angry: with a simple grimace he let it be known that he hadn´t liked the experience.

Having that said, “This isn´t a party,” I answered, “it isn´t a matter of its being nice or liking it,” I added. I continued to visit the rest of the participants before going upstairs to rest in my bedroom.

The following day, while it was still morning, we returned together to Sao Paulo and it was she who made an effort to go more deeply into the details of her boyfriend´s experience. He was against it and was very upset about having to recall part of the previous night´s trip.

He told her that he had had a kind of out of body experience in which another Donald confronted him, saying that he should pay a lot of attention to his health because he had cancer. Donald got even more upset when he further told Marcia that it had happened no less than three times during the ceremony, which bothered him so much that he couldn´t help thinking, as he had from the start, that the experience was shitty as well as absolutely useless. He then cut it short, asking Marcia not to insist on inviting him to participate in another ayahuasca session or similar thing.

Marcia, who had already done ayahuasca ten times – interesting experiences, she thought – tried to convince Donald to change his mind about the experience and even offered to take him to a doctor for some examinations.  Donald was absolutely against it. But she kept at him for most of that Sunday following the ceremony and finally got him to agree to visit a doctor in a local clinic on the following morning.

The doctor found him a little skinny and underweight and after touching different parts of his body quickly discovered some suspicious nodules in the region of his throat. He ordered an immediate examination, which showed the existence of a possibly malign nodule. There seemed to be no metastasis and he urgently needed an operation. They decided to spend a week getting him ready for the surgery and cut out the nodule on Tuesday of the following week.

 It was a sunny and nearly placid afternoon in the middle of that week when I got a phone call from Donald. He went straight to the point about what was happening and asked me to have a coffee with him, so that we could talk about it in person.  We met that same afternoon and I was pleased to find Donald smiling and willing to talk about everything that had happened since the weekend ayahuasca ceremony. At the end of the chat he told me how grateful he was and asked me to enroll him in the ayahuasca ceremony on the next weekend. “Why?”, I asked him. “Because I´ve already asked you to forgive me, now I have to ask the plant to do it. Can I take part?”. “Sure,” I told him, “please come at nine”.

Enero 2009 January 2009

-

(*) A reak event, only the names have been changed

(**) For more information: http://www.bialabate.net/contato/victor-nieto

Original Spanish text revised by Ricardo Díaz.

 

 

  

Katiuska´s Lost Doll

Víctor Nieto

(A real event, only the names have been changed)

 

I met Katiuska at the beginning of the mild Buenos Aires autumn of 2004. We´d arranged the meeting only a few hours after the most recent ceremony the past Saturday.

It was a Tuesday afternoon. I got off the train in the Pacífico station, dazed by the crowds on the platform and the stairways leading to the exit. Fortunately, within a few minutes, the gentle breeze along the avenida Santa Fe had cleared up my mind. I remember the ever sadder blue of her eyes, her gaze lost in the trees of the magic forest of Palermo in the middle of the city. Katiuska had got off early from her work in a well-known massage parlor, an activity she´d been devoted to for some time, after arriving at the Argentine capital from Russia.

She began with a quick account of her background,  from the grey, austere childhood which the Communist Party had imposed on her family to her warm memories of the most secret corners of Leningrad she had visited with Olenka, her young girlfriend, a woman with whom she had enjoyed a more than sentimental relationship as the warmth of each other´s skins melted, like snow, the last vestiges of puberty. It wasn´t long before Katiuska was sent to work in a navy shipyard run by the government,  where, like any other welder, she tirelessly labored to the sound of the revolutionary hymns of the Kremlin.

Katiuska shared a house with her parents and another two families.

On an evening like any other she returned home after the day´s work to discover that the sentiments of love forbidden by the regime were now forbidden to her. She came across her young mother, naked in her bed, enjoying the intense embraces of the equally naked Olenka. She didn´t wait for an explanation but ran outside and lost herself in the cold streets, like a person who seeks an ally in the shadows of distress.

Shortly after returning home, she discovered that both her mother and Olenka had decided to flee together to a place which  only the passage of the years and the evolution of consciences discovered in the end. Katiuska´s father fell into a bitter depression, the end of which she never knew, since she had to abandon her home in the face of the harsh daily accusations of a man who was always drunk on vodka.

Perestroika opened the frontiers of Russia and Katiuska left in search of new horizons. She first arrived at Paris, but a short while later she was tempted by the idea of going to Buenos Aires, in the magical land of an America of tangos and green pampas. With this resolve to start a new life, she decided to train at a local school of yoga and massage. Thanks to some new friends,  she heard of an unusual center and its founder and director Reinaldo Márquez.

There she discovered that dictatorship does not always emerge from the rancid soup of revolutions but also from the lukewarm tea of the manipulation and use of power, even when caused by the simple fact of being an “illumined” person. Reinaldo Márquez´s institution was well organized. The members of the sect fulfilled the simple task that was assigned them: to praise and idolize him. In exchange, Reinaldo, who humbly liked to be addressed only as the Illumined Master, shared some breathing techniques and a few teachings about Ayurvedic medicine with his followers, in the midst of intense and endless meditation sessions.

Katiuska was asked to marry one of the single members of the sect, as was the custom among its participants. Reinaldo, acting as any illumined master would, chose the ideal husband for Katiuska: Carlos, who was, among the veterans of the group, the one who most needed a wife. With this move, she thought she might be able to better develop all of the knowledge she had acquired in the past few years of adoring its leader.

Here, perhaps out of a fear of the retaliations familiar to those who had suffered the sect´s harsh authoritarian methods, she did not want to mention the real reason why she left her husband, and the institution, two years later. She only told me that, according her criteria, she did feel the things that were asked of her were correct and fitting for a truly illuminated master. And with that doubt, she returned to a normal life, without having to worship anyone.

Following these winds of change, Katiuska found a serious school, of professional standards, where she learned the profession she now lives by.

After that, we both recalled the last ayahuasca ceremony, the cold night under its effects: the cleansing, the clarity of thought flowing from feeling, helped her to understand many things about her past. She had no doubt that being able to find a meaning in everything brought her a feeling of satisfaction. She did not commit herself to taking part in many more of those experiences, but we both agreed that a couple more might be able to help her to open the rusty door of the basement of her awareness. I saw Katiuska a few more times when we shared the sessions she felt she needed and then it was farewell. 

I can´t help feeling a special joy in my soul when someone tells me that he got an excellent massage from a Russian masseuse, thinking perhaps that it was the work of our young ex-welder from the naval dockyards of Leningrad.

Original Spanish text revised by Ricardo Díaz.

 

 

Celinda´s Thousand Pills

Víctor Nieto

 (A real event, only the names have been changed).

 

It wasn´t the effects of a continued use for nearly twenty years of anti-depressives mixed with sedatives for anxiety and nerves which led Celinda to share a coffee with me on the terrace of the plaza Panamericana on a mild November morning.  Nor was it the symptoms of an imminent panic syndrome that had been stalking her for some time.

 

Celina was a slender, well-dressed, dark-haired woman, who took a lot of care of her appearance, like any bourgeois woman who has a lot of money but is also addicted to soap operas. She´d been married up to a short time before and had two sons who studied at the university.

While picking at the paper napkins she failed to use with gentle, deliberate movements, she told me about the recent happenings in her life with a certain air of sadness mixed with anger. They had to do with a woman, a waitress two decades younger than herself whose blond hair was probably bleached, who had snatched her husband away in the midst of entrees and desserts.  On hearing the news, this woman, who had once been a graceful horsewoman in Paraná, smashed the fine china of her house in Morumbí, along with the cheaper plates and cups.

Tossing and turning in her now empty bed, she chose to reinforce the pills for anxiety and depression with an occasional cocktail at fancy parties. At the opening of an exhibition of modern art, when everyone was drunk, a friend told her about a shaman who worked with a possibly miraculous plant somewhere in Sao Paulo. Thus, with the destruction of a fifth napkin, Celinda finished her short tale.

We´re lucky,” I told her, “it´s the moment to begin a good therapy”. You´ve already lost your husband and are trapped in an unchecked compulsion to consume chemical substances,”  I added. “You can´t find a way out. It´s a good moment to change all of it. If you don´t, you´ll stay lonely and hurt. On the other hand, you now have a great opportunity to be able to begin a new and more healthy stage of your life”. Such were my arguments.

Before paying the bill, Celinda agreed to a series of treatments with plants which would detox her before beginning to work on her self-esteem. More than two years have passed since that Spring morning in the Plaza Panamericana. Celinda is now familiar with the harsh purges of the ceremonies, as if they were a true reflection of all that she has had to cleanse in her soul. It has been – forgive me, it is still is – a long journey of courage and persistence.

I only reveal her story because I think she is in a much better emotional state now. She bought one car, then another, she said, reminding me that up to a short time ago she couldn´t even leave her house, even if accompanied by someone.  She moved to another apartment, leaving behind the sad walls of the expensive place where she´d lived with her husband. Overcoming her nearly chronic fears, she encouraged her children to study abroad.  She traveled to three continents, studied foreign languages and learned to relate to others.

A few weeks before, when she was showing me photos  in the middle of a lunch we had together, a package of tiny pills accidentally fell on the table. “What´s this?, I asked. “A packet of Riprocil, I only take it with me to feel safe, I don´t take even one of these pills, I swear”. I left the restaurant thinking about what had just happened and as I reflected on it, I decided she was alright.

In that moment, while the traffic light opened a torrent of cars along the avenue, my cell phone rang. “Hello, are you the one who works with plants,” asked the faltering voice on the other hand. “Yes, I answered. Do you know where the Plaza Panamericana is?”.

Chiclayo, December 3, 2008

Original Spanish text revised by Ricardo Díaz.

 

 


Principal | Yagé y EMC | Salud y Chamanismos | La gente vegetal | Eco-madre tierra | Cuido mi cuerpo | Rico y sano | Hartas Artes | Culturas y Tendencias Contactos

Copyright 2002- 2015 © Visión Chamánica
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial del material textual y gráfico de esta página, así como su traducción a cualquier idioma, sin autorización escrita del editor.
Director-editor: Ricardo Díaz Mayorga chamanic@visionchamanica.com 
Teléfonos en Bogotá: 302 3044
Móvil:
310-785 9658
Bogotá, Colombia