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Yagé y brujería

Yagé en zonas de colonización

Por Alfredo Molano Bravo

Yage-Molano2 

La Sierra de la Macarena - Ilustración en https://elmetaturistico.wordpress.com/parques-nanurales/

 En 1986, ante otra escandola mediática de denuncias sobre la “invasión de colonos” a la reserva de la Macarena, fue organizada una comisión de analistas para visitar la zona y establecer la realidad de los hechos. Entre los integrantes de dicha comisión estaban el sociólogo Alfredo Molano, el historiador Darío Fajardo y el ambientalista Julio Carrizosa. Un resultado de dicha expedición fue el libro “Yo le digo una de las cosas… La colonización de la reserva de la Macarena”, informe final de la visita, que sería publicado en 1992 por la FEN-Financiera Eléctrica Nacional y la Corporación Araracuara.

En dicho texto, se registran múltiples testimonios de colonos, recogidos por el sociólogo, escritor y periodista Alfredo Molano Bravo que ilustran con la voz de los propios protagonistas sus motivaciones y aspiraciones, así como las incidencias y eventos de ese proceso. También se avanza en una caracterización profunda por los otros autores de los aspectos históricos, económicos, sociales y ambientales del proceso colonizador.

Entre los testimonios recogidos por Molano encontramos uno, subtitulado “Historia del Yagé”, en las páginas 179 a 183 del libro y que reproducimos con autorización de su autor.

Este relato ejemplifica una forma de utilización de la purga con yagé, asociada con una cosmovisión y un imaginario, colono-indígena, que expresa ese contexto específico. Allí se presentan elementos de unas creencias “brujísticas”, en las que las personas pueden ser atacadas por prácticas –como la utilización de “tierra de cementerio”, o la “sangre menstrual”- orientadas a dañar o destruir a alguien que se considera enemigo. Y la correspondiente respuesta que, a través de la purga con yagé proporcionada por un curaca indígena, deshace el dispositivo de daño que ha recibido la víctima. Todo esto puede resultar un poco fuerte, e incomprensible, en otros contextos, pero ilustra allí una modalidad de las relaciones interpersonales y del trámite de las diferencias –envidias, resentimientos, celos, venganzas, etc.- siempre humanas, demasiado humanas, y que por eso no son exclusivas de ese contexto, más aún, que se replican con inusitada frecuencia y parecido en los contextos urbanos, aunque las estrategias de resolución pueden ser diferentes.

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Historia del  Yagé

“Yo vivía en Pereira, bien, pero como se oían cosas del Caquetá, me fui para Cartagena del Chairá a rebuscarme. Se oía hablar mucho del billete del Caquetá, que estaba regado, que había para todos, que era una fiesta. Como uno busca mejorar siempre, le dije a la mujer: nos abrimos o me acompaña. Viendo que había billete de por medio, se me pegó.

En Cartagena había modo. Se cultivaba la coca a dos manos, todos tenían chagra y el billete andaba venteando. Yo me presenté como oficial de albañilería, porque me di cuenta que había pocos. Yo no sabía del oficio, pero la necesidad tiene cara de perro. Me pusieron a reparar un techo de teja de barro, lo hice tan bien que le tomé una fotografía y cobré lana. Me llamaban de todo lado porque todo mundo estaba haciendo casas. Me dediqué a trabajar sin mirar a nadie. Poco salía de mi trabajo. Cada quince días me daba una vuelta por las calles. Ella si salía todos los días. Hizo amigas muy rápido, y con ellas se iba. Yo me hacía el pendejo. Salía de noche. En Cartagena los perros no ladran de noche, y ella tenía la vía libre.

Cuando yo salía, todos me saludaban. Era muy popular. Me conocían como “el marido de ella” y no lo podían creer, hasta el punto que me llamaban “el hombre increíble”. Pensaban que yo comía callado y no me pillaba nada. La gente me saludaba pero no me miraba. Yo no disgustaba con ella, le daba la cuerda que necesitaba, sin chistar nada. Eso más la enverracaba. Yo hacía mi plata trabajando y eso era todo. El resto me valía huevo. Yo no le respondía. Fue pasando el tiempo. Noté que el pueblo no me saludaba como antes, me dejaban pasar; pero yo les sentía la rabia. Las mujeres hablaban de mí, pero yo no reparaba en ellas. Hasta que me echó la gente encima con embustes. Tener un pueblo de enemigo es feo, todo el mundo lo mira a uno como carne de cabeza. Y uno durmiendo con el enemigo en la misma cama… ¡Tampoco! Me mosquié y fue peor. Ahí si me la montó.

Me cayó una comisión de “muchachos”, me citaron tal día en tal parte porque tenía que responder. Caí en cuenta que era ella, que hasta ahí había llegado su mano. Fui a la autoridad el día que era. El comandante me dijo: “Dicen que usted es del F-2, que usted es sapo”. Sapo seré señor, porque trabajo en un chircal haciendo tejas de barro, porque yo con nadie trato. Poco salgo. “¿De dónde saca entonces tanta plata que tiene?”. Cocinando teja –le dije-, trabajando en la construcción. “¿Y dónde la mete entonces, que no la suelta?”. Confirmé que era ella y que le ardía. Yo le expliqué. Sin haberlo convencido, el comandante me dijo que de todos modos tenía que esperar, porque una mujer vendría a acusarme y que yo debía descargarme, hacer un careo, para que ellos pudieran tomar una definitiva. Le dije: No se preocupe que habiendo justicia no hay problema. El comandante pilló el embuste. Esperamos una hora y de golpe dijo: “Falta un cuarto para las 6; si a las 6 no llega su acusadora es que tiene miedo del cargo y entonces usted queda libre”. Llegaron las 6 y no se presentó la señora.

Que los “muchachos” no me hubieran hecho nada, más rabia le dio. Pero yo como si nada. No le decía ni una palabra, la seguí tramando. Eso la hacía arder por dentro como si se alimentara de solo aguardiente de 90 grados. Yo seguí mi vida igual.

A los pocos días comencé a sentirme débil, débil. Por la mañana no me podía parar. Creí que era el paludismo. Fui donde el médico y nada: estaba saludable. Pero la debilidad me seguía. Eché a sentir como si tuviera un ventilador dentro de la cabeza. Las aspas pasaban y cortaban en pedazos lo que yo estuviera viendo. Iba a comer y me cerraba todo por dentro, no me entraba ni un caldo de zuro. Me fui poniendo flaco, flaco; tan flaco que los calzoncillos tenía que amarrármelos con esparadrapo, y ese maldito ventilador en la cabeza dando vueltas, vueltas… pensé que me iba a morir loco. Los médicos no entendían ni acertaban con nada; los ahorros se fueron como si tuviera un hueco en el bolsillo.

Los indios del Putumayo son muy famosos; un conocido me dijo: “Para como está, nada pierde con ir donde un curaca”. Allí fui a parar. Le conté a un curaca todo lo que me pasaba. Antes de que el aceptara tratarme, duré como 8 días echándole carreta entre las orejas y él apenas meneaba la cabeza de un lado al otro, sin chistar nada. Al fin habló: lo curo por tanto. Acepté, me hice paciente del indio. Me dijo: “Tiene usted que tomar yagé, el yagé es una historia que enseña sin enseñar, pero antes tiene que limpiarse el cuerpo”. Me llevó a coger un bejuco. Duramos metidos entre el monte tres días. Él iba diciéndome: un pedazo de éste y otro de éste. Luego volvimos a la maloca y me puso a machacarlos. Machaqué y machaqué esa mazamorra hasta que dijo: “No más”. Eran las once de la mañana. Me encerró en un cuarto oscuro a descansar; no podía moverme. Acostado estuve hasta las 9 de la noche, en silencio, todo pintorreteado y con ojos que miraban sin hablar. Fuimos a sentarnos debajo de un árbol, prendió una libra de espermas y me hizo barrer debajo del árbol, hasta que no quedó ni una sola hoja seca. Todo en silencio. Llegaron después otros indios con la mazamorra. Se sentaron y el curaca comenzó a repartirles yagé. Me tocó a mí; me mandé el pocillado sin aliento. Yo nada sentí. Me miró el hombre y volvió a servirme otro. Me lo mandé. Me quedé mirando los ojos del curaca.

Detrás del curaca había una culebra muy grande, más detrás una tortuga más grande todavía. Comenzaron a pelear, la culebra a picar a la tortuga y ella a no dejarse. La culebra le hacía el viaje y ella se metía en el caparazón sin más. Uno ahí ve lo que necesita ver. Cuando los animales estaban por matarse, el curaca fue y amarró a la serpiente. Yo me oriné en los pantalones y me comenzó un vómito por dentro que no me cabía. Sentí que iba a volar, pero el hombre me detuvo. Él veía todo lo que yo veía y todo lo que yo iba a ver. Él dominaba el tiempo. Miramos una guayaba que estaba por caerse y salió de ella un ángel azul, un elemental, que es el alma de las plantas. El curaca lo llamó y él se sentó al lado de todos. La culebra comenzó a gritar, eran gritos como de ella, mi mujer, y entonces el hombre la azotó con un ramo de siempreviva, la azotó duro. Ella se soltó y él me dio otro pocillado de yagé. Sentí que me rociaba algo en la cabeza. La doña se levantó adolorida por los azotes y se fue para el cementerio. Allá caímos con el curaca. Ella recogió una manotada de tierra de una tumba recién tapada, se arrancó unos pelos de sus partes y los quemó. Tenía mensual porque se la vimos. Mojó los pelos en sangre y luego los quemó. Mezcló las cenizas con un poco de tierra, hizo una bolita y al otro día me la echó en el chocolate al desayuno. El curaca vio todo. Se dio cuenta de todo. Me dio un frio como si estuviera en el páramo de Sumapaz, con nada me alentaba. El ayudante me pasó una cobija y me arropé con ella. Entonces vomité hasta que me salió la bolita. Estaba mucho más chiquita que cuando ella la echó en el pocillo. A medida en que la bolita se iba derritiendo, yo me iba secando. Ese era el cuento. Me vine despertando a los tres días. El curaca no me había dejado solo. Me sentía aliviado, descargado. El yagé se encargó de limpiarme. Uno vive ciego y el yagé lo hace ver.

Regresé entonces a Cartagena y le di la boleta de libertad a la mujer, tal como me lo había pedido el curaca. Volví a mi negocio, pero me iba mal, muy mal; cogía los $100, iba al baño, volvía y ya solo había $80, sin sacármelos del bolsillo. La plata no se amañaba conmigo. Peso que cogía, peso que se iba; entonces volví al Putumayo a ver al curaca. Me dio otra vez bejuco, en la misma forma que antes. La película era otra. En el sueño del yagé él me acompañó a una tierra solitaria y verde, llena de animales que cantaban y de aguas que brotaban; había sol y luna al mismo tiempo; todo mundo se miraba alegre y con risa. El curaca me la mostró desde lejos, y me dijo que para allí tenía que coger. Así fue como llegué al Duda, buscando lo que él me había mostrado. Aquí vi los mismos parajes que el hombre me había mostrado en el viaje, entonces me quedé a trabajar y a buscar la felicidad. Los curacas son muy poderosos, no saben todo lo que tienen, o saben, pero como no son políticos, no les importa ese poder sino el otro, el de ellos”.

 

Se publica con autorización expresa de Alfredo Molano Bravo a visionchamanica.com . Prohibida la reproducción sin autorización del Autor

Se publica en Agosto 18 de 2016.


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