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Revista
“Visión Chamánica”
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Director / Editor
Ricardo Díaz Mayorga
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Soy de Medellín y en el pasado tuve la oportunidad de ser invitado en Madrid, España por una amiga a varios trabajos con el padrino Alfredo llegado de Mapia, Brasil. Yo quisiera saber si en Medellin se encuentra un sitio donde se reúnan, donde se trabaje con el santo DAIME.
Alquibar Arboleda
Marzo 5 - 2010
Re/ No conocemos que en Medellín hayan grupos del Santo Daime.

 

Hola, soy practicante del Santo Daime hace varios años y estoy pensando quedarme en Bogotá un tiempo. Quería preguntar si tienen conocimiento de algún grupo, en el cual pudiera participar. Muchas gracias de antemano!
Sebastián
Diciembre 1 - 2009
Re/ No conocemos que en Bogotá exista algún grupo del Santo Daime o de las otras iglesias ayahuasqueras brasileñas. Si alguien lo conoce, por favor escriba.

 

Hola, qué interesante esta página, hay mucho contenido excelente, felicitaciones. Me llamó mucho la atención el articulo sobre Santo Daime en Brasil, me gustaría saber si hay alguna manera de poderme contactar con la persona que lo escribió, o simplemente un contacto directo en brasil, ya que iré a brasil y me gustaría ir y tener esa experiencia. Gracias!!!
Adriana Peláez Molano
Septiembre 9 - 2009
Re/ Puedes contactar al autor en: jimmy_weiskopf@hotmail.com . También en el Brasil puedes contactar a la antropóloga Bia Labate en
http://bialabate.net , quien te puede orientar.

 

Leí el artículo santo_daime.htm pero no están las imágenes y el link hacia el pdf también está roto. Me gustaría mucho tener el pdf, es posible?
Muchas gracias!
J. E. Mikosz
Mayo 25 - 2009
Re/ Gracias por avisarnos, ya está reconstituido el link al PDF.

 

Este es uno de los artículos más interesantes que yo he leído acerca de la ayahuasca. Es también único con relación a la comparación entre las tradiciones del Daime y de los Taitas. No pude parar de leer hasta terminar. Congratulaciones al Jimmy y a este site, por escribirlo y por publicarlo. Muchas gracias.
Humberto Mafra
Marzo 22 - 2009
 

Les escribo para felicitarlos por el reportaje publicado en la revista, que tiene por nombre "Alabanza al Santo Daime" por el periodista Jimmy Weiskopf, y me gustaría poder tomar contacto con él para hacerle algunas preguntas con relación a su trabajo. También soy periodista, de Chile. Se los agradezco. Atentamente
Claudia Latorre
Dic. 16 - 2008

Re/ Hemos reenviado tu mensaje a Jimmy para que él mismo te responda.

 

Acerca de
Jimmy Weiskopf


Jimmy Weiskopf . Nació en New York, en el barrio latino del condado de Manhattan. Realizó estudios de Historia Moderna en las universidades de Columbia (Nueva York) y Cambridge (Inglaterra). Es veterano de la prensa extranjera en Colombia y participó en la antología “Cómo Nos Ven Los Corresponsales Extranjeros” (Planeta, 1995). Ha traducido al inglés más de veinte libros, así como versos de los grandes poetas colombianos. En 2002 fué publicada su obra “Yagé. El nuevo purgatorio”, editada por Villegas editores, con versión en inglés publicada en 2004.

 

 

 

 

 

 

 
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En el Brasil ayahuasquero
Alabanza al Santo Daime

Por: Jimmy Weiskopf

La siguiente crónica describe el recorrido del autor –escritor, periodista y traductor colombiano de origen estadinense– en busca del conocimiento práctico de las iglesias ayahuasqueras del Brasil. Resalta en la narración el tono sincero del autor y su permanente preocupación de contrastar el uso de este brebaje –yagé ó ayahuasca– por los grupos urbanos colombianos, congregados por el ritual de los médicos tradicionales indígenas del Putumayo, con los usos más reglamentados y formales de las Iglesias ayahuasqueras del Brasil en torno de su sacramento, el Daime (ayahuasca).


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Confesión a mis amigos yageceros colombianos
No sé por dónde comenzar a relatar mi viaje al Brasil, una de esas experiencias que suceden pocas veces en la vida: basta decir que fue inolvidable. Pero ya estoy de vuelta a mi cotidianidad, con todas las presiones económicas, laborales, familiares, etc.

Estoy calmado pero sin alegría, la sentí mucho en Brasil, sobre todo con el Santo Daime y a veces sin ningún estimulante externo, como cuando pisé la playa de Ipanema por primera vez. No es que tenga nada de especial, es como una Bocagrande–Zona Rosa enorme, pero desde mi juventud he escuchado esa famosa canción, sin imaginar jamás que algún día la visitaría. Fue cómo hacer una peregrinación. Esto sin hablar de la aventura de lanzarme a la calle, al terminal de buses, al aeropuerto, al restaurante, sin saber nada de portugués: me sentí como en mis primeros días en Colombia, un cuarto de siglo atrás, rejuvenecido por la emoción de enfrentar una nueva cultura, un nuevo idioma, una nueva geografía.

La revelación fue el Santo Daime. Hace tres años Consuelo y yo participamos en tres rituales en Manaus. Fui muy rebelde esa vez, lleno de la arrogancia del buen yajecero colombiano, de los que creen que sólo los taitas saben. Pero algo de su magia se me quedó y luego, escribiendo y rumiando sobre la experiencia, me di cuenta de que si quería entender el asunto, tendría que entregarme al ritual. Entonces, esta vez, desde meses antes venía haciendo un trabajo de concientización para poder aceptar sus normas y mantener la mente abierta. Y efectivamente funcionó.

Las primeras cinco tomas del viaje fueron en otro contexto, en Florianópolis con un grupo de investigadores extranjeros y un facilitador cuya actitud no correspondía con lo que considero el debido respeto por la naturaleza sagrada del ritual. Ahí, por ejemplo, para “ambientar” el ritual, la grabadora permanecía prendida toda la noche, con música que iba desde ícaros del Perú hasta trance violento. Además de utilizar cantos inapropiados, no dejar espacio para el silencio, causar una ruptura de concentración casi enloquecedora y ceder demasiado a lo tecnológico (el sonido que sale de un aparato incomoda la sensibilidad del que bebe ayahuasca), ignoraba que la música debe surgir del mismo contexto del ritual, mediante una comunión directa con los espíritus, y no tomada de otros lugares u otras culturas. Esto, sin hablar de la luz de la pantalla del computador mediante el cual el dirigente manejaba el repertorio de los CDs, que tiene una radiación mortífera para el tomador y la manera de brindar la bebida sin ningún ordenamiento de las personas, como si estuvieran en una cantina.

Al llegar un momento, cuando la violencia de la música me trajo visiones terroríficas, salí del recinto para estar solo en mi cuarto y la perspectiva cambió completamente. El ayahuasca en sí, preparado por otra persona, era excelente: estando ahí, entraba en sintonía con el mar y la naturaleza a mi alrededor. Me pareció el colmo de lo absurdo escuchar, como lo hacían los demás (quienes tenían poca experiencia de ayahuasca) una grabación del canto de las aves de Amazonas en lugar de concentrarse, por ejemplo, en el sonido de las cercanas olas, algo presente y real. Era un exotismo falso.

Reconozco que el facilitador tenía buenas intenciones y que los otros quedaron agradecidos por lo que aprendieron del ayahuasca, Y claro, mientras no haya abusos, la planta sigue siendo poderosa en cualquier contexto, pero me chocó el no ayudarles a ir más allá.

Sin embargo, la estadía terminó siendo valiosa para mí. Pude entender, de manera contrastante, el valor del Daime, apreciar su cuidado con el ritual, su nitidez, su ética. Cuando comencé con Daime en Brasilia ya estaba preparado mentalmente.

Aún así me costó trabajo volver al Daime. En general, la potencia de su ayahuasca es igual a la de nuestro yajé (tal vez no tan explosivo), pero uno no tiene la libertad de escoger su lugar para poder superar el mareo. Su ritual obliga a mantenerse en pie durante toda la noche, bailando y cantando más de cien himnos, uno tras otro.

El escenario: una loma que mira el lejano panorama de la capital; clima caliente, árido; una maloca, tosca pero funcional, con luz eléctrica; piso de cemento marcado con líneas que irradian desde el hexágono del altar central, una mesa adornada con flores, fotos de sus “mestres” y la Cruz de Caravaca.

Aquella noche llegaron alrededor de 70 personas, casi todas en carro y seguimos las pautas que ya conocía. Las mujeres ubicadas a un lado del recinto, los hombres al otro, a cada participante le asignan un espacio específico entre las líneas, como en la plaza de toros, con los principiantes como yo en el perímetro. Se procede de una vez al brindis, formando dos filas, según el género, para recibir la copa desde una ventanilla frente a la entrada. La ceremonia comienza con el rosario, repetido muchas veces. Luego, ayudado por media docena de personas con instrumentos musicales, agrupadas alrededor del altar, arranca el canto colectivo, que se complementa con un paso lateral bailado en vaivén. Ante la dificultad de describir los detalles, como los trajes blancos de los hombres, las faldas y coronas de fantasía de las mujeres, las guirnaldas de papel brillante que cuelgan de las vigas, etc., me limito a decir que todo el adorno tiene un toque de elegancia el cual es un poco juguetón al mismo tiempo, creando un ambiente entre formal y alegre.

Ahora bien, el yajecero colombiano es astuto y ya sabía lo suficiente para adoptar mi estrategia. Mi anfitrión, un líder del grupo que era rockero en su juventud y ahora alto funcionario del gobierno, me había contado que el ritual iba a durar toda la noche, con el acostumbrado intervalo. Es decir, del inicio a las 9:30 p.m hasta la una de la mañana, para reiniciar a las dos. De mi viaje a Manaus recordaba que el participante, apenas entra el templo, está sujeto a las normas, pero no lo regañan por la tardanza. Así que decidí demorar mi entrada. Pero desde afuera del templo, pude escuchar los himnos y pasada la cuarta hora, no resistía mas: son cautivantes. Comencé bien, pero al rato me sentí incómodo, por mi pobre manejo del baile y la mínima comprensión de las letras de los cantos. Sin embargo, observaba todo, gozaba algunos himnos y a medida que la borrachera me cogía, captaba algunos destellos de su magia.

Sobre todo, me impresionó la entrega de las mujeres, verdaderas divas. Vestidas de gala, sus altas voces dominando el coro, sus miradas perdidas en el trance, entraban, sin exagerar, en un estado orgásmico. Cuando uno está frente a ellas su presencia se vuelve un torbellino de colores, movimientos y sonidos, una fuerza femenina imposible de ignorar.

Más o menos a cada hora hicieron una breve pausa para servir el Daime a los que querían tomar otra copa. Notaba que mi amigo, que ya había bebido tres llenas, seguía parado delante del altar, tocando la guitarra con tanta energía que estaba bañado en sudor. Aunque el asunto de la dosis era voluntaria, sentí una sutil presión moral y pedí la segunda copa, pequeña. Ya en plena rasca, fue más difícil concentrarme, especialmente porque el sentimiento cristiano no era de mi gusto. Intenté escapar, para comulgar con la naturaleza. Consciente de la presencia de los “fiscales”, integrantes que vigilan a los participantes, fui a la gran cruz de madera que se yergue afuera, como en todas las iglesias del Daime, y me incliné delante de ella, fingiendo rezar aunque mi propósito era respirar monte. Pero resulta que fui yo el engañado: al rato me pillaron y en todo caso, el magnetismo de la música imposibilitó quedarme afuera.

El intervalo fue chistoso. Aun sabiendo que volverá a tomar pronto, la gente sale a picotear, a un kiosco donde venden pasabocas y refrescos. Fui a mi cuarto, a diez pasos de la iglesia, me acosté y nueva sorpresa, dormí media hora (que nunca me pasa durante una toma en Colombia) y después, en ese umbral entre el sueño y la vigilia, oí primero más rezos y luego los cantos. A lo que yo pensé era una hora larga volví, pero en la realidad fueron 20 minutos. A pesar de que los cantos seguían uno tras otro en ese momento, sin el brindis general, me di el derecho a pedir la siguiente copa apenas entré. Cuando miré el número del himno en el texto del compañero al lado, descubrí que apenas estábamos a la mitad !

En aquel momento la noche se tornó interminable y no sabía cómo iba a aguantar, pero al resignarme a las circunstancias sentí el impulso de cierta dinámica, combinación de la fuerza de la colectividad, el orgullo mío y la alegría de la música. Sin negar que estaba bastante aburrido a veces, la obligación de quedarme me ayudó a concentrarme en el significado de lo que estábamos cantando y descubrí que, entre lo mucho que no entendía y a pesar del lenguaje cristiano, podía captar una que otra lección que concordaba con las enseñanzas de los taitas. Por ejemplo, recuerdo un verso que decía, entre tantas palabras, que el Daime es cosa seria y que el que no quiere aceptar los sacrificios no debe participar, como si el mensaje estuviera dirigido exclusivamente a mí.
Sabemos que a medida que se acerca la meta, y por más demorado que sea, se recoge más optimismo. Así conté los himnos (que eran aproximadamente 130 en total) y hacía una suerte de gimnasia mental: ahora solo faltan 30, ahora 20, etc. Cada minuto que pasaba, ganaba terreno y así podía disfrutar del ritual intermitentemente, a pesar del cansancio y de los momentos de alienación.

Pero al terminarlos, pasaban a otro texto. Era más corto, pero demoraba otra hora y la misma desesperación aumentó cuando, sin esperarlo yo, recitaron el rosario concluyente y luego otras oraciones, que fueron sucedidas por algunos anuncios. Fue solamente con la filtración al recinto de los primeros rayos de sol (en aquellas latitudes casi a las 6:30) que por fin terminó.

Los compañeros colombianos de tantas tomas, no tendrán dificultad en imaginar mi alivio en aquel instante. En este caso no fue precisamente la satisfacción de haber superado el mareo, la purga, los sustos etc. Estos sentimientos no estaban ausentes, pero lo que había enfrentado, forzosamente, era también un ejercicio de concentración beneficioso. Percibí que la gran alegría que sentí entonces era proporcional al esfuerzo invertido en la resistencia.

Como siempre, estaba demasiado eufórico y hablador y me uní a un grupo de daimistas congregados alrededor de la fogata, que estuvo prendida toda la noche, esperando participar en la tertulia pos-toma que realizamos en las madrugadas en Bogotá. Pero, como iba a entender más adelante, luego de conocer otros grupos, esa costumbre no existe allí. Los daimistas sí pasan un rato despidiéndose pero la mayoría vuelven a sus casas a los veinte minutos. Sin embargo se quedaron algunos, tipo estudiantes, y se interesaron en mis cuentos. Les mostré una revista con fotos de los taitas y me hablaron de sus propios entusiasmos. Uno era un artista que pinta sus visiones, otro un ecologista. En los días siguientes el último me llevó en su carro a conocer la ciudad y tuve la oportunidad de conversar con otros miembros de la iglesia que había conocido. A pesar de una cierta reserva que caracteriza a sus seguidores, la gran mayoría siguen siendo personas convencionales en su vida normal; el Daime forja amistades.

Lo que acabo de describir fue apenas un solo ritual pero lo que cuento de aquí en adelante no va a ser comprensible si no establezco primero un marco de referencia.

A los pocos días despegué del aeropuerto de Brasilia en una tarde de sol, los horizontes son infinitos allí y la luz solar pinta el entorno de colores muy hermosos. Pero acercándonos a Río el atardecer se puso lluvioso. Esperando tener una vista aérea de una ciudad casi mítica para mí, casi lloraba de la decepción. Me hospedé en el apartamento de un amigo que había conocido en Colombia, investigador de la música folclórica. No me mintió al advertirme, antes del viaje, que vive “bajo el sobaco del Corcovado”, en otras palabras, casi flotando sobre la ciudad en un sitio parecido a las laderas de Monserrate, rodeado de un tupido bosque tropical que estaba tapado por la neblina aquella noche. Al dormir, tuve unos sueños afiebrados, en los cuales veía toda la ciudad bajo esa perspectiva opaca, como un arrume de edificios hundidos en la maraña y carcomidos por la humedad. El tiempo lluvioso persistía y esa impresión inicial se fortaleció durante mis paseos alrededor de aquel sector durante los siguientes días, que incluyeron una visita al jardín botánico, el cual se pierde en el monte a su alrededor. Luego, al salir el sol, comencé a ver el Río que todo el mundo conoce –caluroso, playero, relajado– pero aún creo que ese sueño, cuya intensidad era una secuela del ayahuasca que había tomado en Brasilia, me reveló cierta faceta esencial de la ciudad. Si su equivalente colombiano, en términos culturales, era Cali, ambientalmente me hizo recordar el Amazonas, selva húmeda y extravagante, pero con mar y montaña. La vegetación brota por doquier, hasta de los andenes y los muros de los edificios, y en muchas partes el peatón goza de la sombra de grandes árboles que aminoran el calor. Entre el conjunto general –compuesto de apartamentos, “shoppings”, avenidas, puentes, túneles y multitudes de gente, todo sujeto a un superávit de carros que muchas veces hace que el tráfico sea insoportable– se topa, en el momento menos esperado, con las casonas estilo republicano, que caracterizan la arquitectura tradicional y ostentan jardines que son la jungla en miniatura. Montaba buseta, caminaba hasta perderme, trotaba los atardeceres por el parque que bordea el mar entre Botafogo y Flamengo. Sobra decir que esta parte del paseo tenía más que ver con conocer a Río que al Daime.

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