El valor de la basura

El valor de la basura

Cada semana se producen en las universidades más grandes del país cerca de 20.000 kilos de basura. En las canecas se ve de todo: comida, papeles, tubos de laboratorio, agujas, rollos de fotografía, pasto y hasta material biológico de seres humanos y animales. La cantidad de desechos es tan alta que se asemeja a la que producen municipios como Guasca, Moniquirá o Chía.

Durante años los grandes basureros han tenido que almacenar estos residuos hasta que se pudran, sus olores se evaporen o sean sepultados debajo de nuevas montañas de desechos. Sin embargo, la gran mayoría pudo haberse reciclado para no contaminar más el planeta.

Preocupado por esta situación y consciente de la necesidad de implementar un sistema de manejo de residuos que permita aprovechar la basura que producen las universidades, hace ocho años el entonces vicerrector de la sede de la Universidad Nacional en Bogotá, Gustavo Montañés, reunió profesores y expertos en temas ambientales para discutir el problema.

Después de varios meses se unió a la iniciativa Luis Hernando Blanco, químico y docente de esta institución, para liderar el proyecto. Luego de largos años de trabajo logró implementar un programa de reciclaje en la llamada ciudad universitaria de Bogotá, que se ha convertido en modelo para varias regiones e instituciones educativas del país y que el profesor Luis H, como le dicen por cariño sus alumnos y colegas, activará pronto en municipios de Arauca y Leticia.

El primer paso para consolidar esta iniciativa consistió en clasificar los residuos. Por un lado los peligrosos, que provienen de las facultades de medicina y veterinaria. Como el pelo, las cabezas de marrano —los estudiantes las utilizan para aprender a suturar— y los guantes de látex. Tres veces por semana un carrito de metal, creado por Jessica Nomesqui, una joven diseñadora industrial egresada de esta universidad, recolecta las bolsas rojas que contienen estos desechos, para trasladarlos a un gigantesco horno e incinerarlos.

Durante este proceso ni siquiera se ve el humo que sale de la chimenea, debido a la cantidad de filtros que tiene para no contaminar el aire. El profesor Luis H recuerda que el año en que decidió comprar ese horno tuvo que sobrepasar el presupuesto que le da la universidad y gastar más de $1.000 millones.

Pero valió la pena. Hoy, esos residuos, después de convertirse en ceniza, son transportados a las celdas de seguridad del botadero Doña Juana, en el sur de Bogotá, donde, en teoría, no representan ningún peligro. A estas misteriosas celdas —que no han podido conocer el profesor Luis H ni sus alumnos y que se convirtieron en un mito para los que visitan el basurero, pues nunca han logrado verlas— también son trasladados los desechos químicos.

Sales, ácidos y sustancias producidas en laboratorios y talleres de química, biología y bacteriología, entre otros, ya no son arrojados por las alcantarillas o sifones de los lavamanos, como sucedía en el pasado. Luis H inventó un mecanismo para tratarlos en un centro de acopio, en donde se trituran y revuelven con plástico hasta formar unas piedritas que se mezclan con cemento para fabricar bloques de ladrillo.

Dentro del campus también se procesan residuos biodegradables, que son los que más se producen, y están compuestos en su mayoría por sobras de comida. Éstos son almacenados en un carrito con forma de tanque, luego trasladados a una máquina que los tritura y finalmente expuestos al aire libre durante tres meses hasta que se convierten en abono orgánico.

Sin embargo, “hay un desecho que no hemos podido tratar y son los cunchos de café”, explica Jessica Nomesqui. “Para solucionar este inconveniente estamos haciendo un experimento con lombrices californianas. Cada cierto tiempo les echamos el café y buscamos que con el tiempo se logre sacar humus (abono)”.

Otros ejemplos

Los resultados positivos que arrojó este sistema de manejo de residuos, que permite reciclar el 70% de los desechos, motivaron a otras instituciones educativas del país a seguir su ejemplo. La Universidad Javeriana, la Distrital y la Piloto entre otras, ya implementaron un Plan de Gestión Ambiental.

La Javeriana realizó hace poco un estudio en el que se evidencian los vacíos que existen en el manejo de la basura del campus. La disposición inadecuada de productos químicos y residuos sólidos, como los hospitalarios y de construcción; la falta de educación sobre el reciclaje y el poco control de la contaminación auditiva producida por los extractores de aire son tan sólo algunas de las falencias que encontró Carolina Vargas, estudiante de Ecología y responsable de la investigación.

Por su parte, la Universidad de la Sabana ha distribuido canecas de colores a lo largo y ancho de los edificios y jardines. Estudiantes, profesores y personal administrativo conocen de memoria en dónde deben arrojar sus desechos, dependiendo si son o no reciclables, si provienen de las facultades de medicina o de los laboratorios.

Además, como no hay alcantarillado en donde está ubicada la institución en Chía, tuvieron que construir tres plantas de tratamiento para procesar el agua que sale de los baños y luego arrojarla al río Bogotá, con un 80% de pureza. Helbert Tarazona, director administrativo y coordinador del sistema de manejo de residuos, sostiene que estas acciones “buscan que nos convirtamos en una gota del mundo que no contamina”.

Entre tanto, autoridades de la isla de San Andrés y de instituciones como la Universidad Sergio Arboleda y algunos colegios de las principales ciudades del país están organizando conferencias, en las que el profesor Luis H y sus alumnos expondrán su programa de reciclaje.

Entusiasmado por la idea, este veterano profesor de química confiesa que guarda la esperanza de lograr extrapolar este sistema por todo el país y contribuir con un granito de arena en la cruzada mundial por la preservación del medio ambiente.

Cómo manejar la basura reciclable

Este tipo de residuos son los que se descomponen fácilmente y pueden volver a ser utilizados en procesos productivos como materia prima. Entre éstos se encuentran el papel, el cartón, los plásticos, la chatarra, el vidrio y las telas.

En las diferentes ciudades del país hay asociaciones de recicladores que se encargan de recolectarlos, clasificarlos y luego venderlos a empresas que realizan procesos especializados para reutilizar estos desechos. La Universidad Nacional, por ejemplo, entrega sus residuos, ya clasificados, a la Asociación de Recicladores de Bogotá.

Para un manejo adecuado de estos residuos es necesario separarlos de los infecciosos y biodegradables guardándolos en bolsas o canecas de color gris con un rótulo que diga Residuos No Peligrosos: Reciclables.

Estas canecas o bolsas tienen que tener manijas y llenarse sólo hasta el 80% de su capacidad, de tal forma que sea fácil su manipulación.